06/12/2023
En una carta enviada a la revista Nature en enero de 1975, el biólogo chileno Luis Izquierdo denunció que, a la fecha, las universidades que concentraban el 75,6% de los estudiantes en Chile habían perdido cerca del 29% de sus miembros, es decir, unas cinco mil personas. El golpe más duro lo estaban viviendo las ciencias sociales, con el despido de cientos de académicos y el cierre de múltiples centros y departamentos. “Un gran número de alumnos, docentes e investigadores nacionales, latinoamericanos y extranjeros fueron cesanteados, encarcelados o asesinados, y una buena parte de ellos vieron interrumpidas sus posibilidades de trabajo en un campo académico que perdió la autonomía”, sostienen Juan Morales y Justino Gómez de Benito en el libro Historia de la sociología en Chile (2022).
María Luisa Tarrés y Francisco Zapata, ambos doctores en Sociología —hoy profesores e investigadores de El Colegio de México—, se habían instalado en Chuquicamata en 1972. Él iba designado por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) para estudiar la situación laboral de los trabajadores del cobre, pero ella partió sin contrato, aunque al poco tiempo logró un puesto para investigar la situación de la población minera. “El mineral estaba recién saliendo de la organización de los gringos. Estaba todo engringado, no había escuelas secundarias, todo estaba en inglés”, recuerda Tarrés. Le llamó la atención la pobreza de los trabajadores del cobre y sus familias, de ahí que se centrara en gestionar la instalación de una escuela secundaria, un microbús y, luego, una guardería. Poco antes del golpe también había conseguido que algunos trabajadores obtuvieran becas para estudiar en la UTE.
El 11 de septiembre de 1973 ella estaba en Chuquicamata, pero Francisco en Santiago, donde había viajado para negociar el contrato colectivo de los trabajadores con el gobierno. Fueron días en que ambos estuvieron detenidos, en que ella intentaba averiguar dónde había sido trasladado su esposo y en los que escuchaba la misma recomendación tanto de amigos como de sus captores: debían salir del país.
Se fueron a México por invitación de Rodolfo Stavenhagen, uno de los sociólogos que les ofreció ayuda. “Eso fue muy bonito. Fue algo inesperado. Por ejemplo, (Fernando Enrique) Cardoso, que fue profesor nuestro, Alain Touraine y Michel Crozier (que había dirigido su doctorado en Francia) nos ofrecieron recibirnos. La FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) lanzó un comunicado sobre la situación de los sociólogos en Chile y ahí estábamos nosotros; había una red de sociólogos que se dio cuenta de que éramos perseguidos, que Pancho estaba desaparecido e hicieron un llamado para que saliéramos vivos. Empezamos a formar parte de un grupo protegido por la ISA (International Sociological Association) y la LASA (Asociación de Estudios Latinoamericanos)”, cuenta Tarrés.
María Luisa Tarrés y Francisco Zapata no volvieron. No solo porque tenían trabajo y familia en México, sino también porque en 1990, de visita en Chile, María Luisa vivió una experiencia que la alejó de sus colegas: en un encuentro social, escuchó que algunos defendían la idea de perdonar a Pinochet y dejar atrás los temas de derechos humanos. “Para mí, eso fue un motivo suficiente para quedarme en México, pues no soportaba olvidarme de mis desaparecidos”, afirma hoy.
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