02/07/2025
Había dos hermanos que vivían uno frente al otro, separados únicamente por un pequeño río. Durante años compartieron una relación muy cercana, pero una discusión sin importancia marcó un quiebre entre ellos. El orgullo, la ira y el silencio se colaron poco a poco, hasta crear una distancia insalvable.
Un día, un hombre que trabajaba como carpintero llegó a la casa del hermano mayor y le ofreció su ayuda.
—Sí —le dijo el hermano—. Quiero que construyas una muralla alta aquí, junto al arroyo. Mi hermano desvió el cauce para marcar territorio, y yo no quiero volver a cruzarme con él jamás.
El carpintero asintió sin decir una palabra y se puso manos a la obra, mientras el hermano salía al pueblo por algunos asuntos.
Al regresar, al caer la tarde, el hermano se quedó sin palabras…
En lugar de una muralla, había un puente.
Un puente de madera clara, bien trabajado, que cruzaba el río hasta la puerta de su hermano.
Y justo entonces, vio que su hermano menor venía caminando hacia él, con los ojos húmedos.
—Hermano… jamás pensé que aún quisieras acercarte. Fui yo quien falló. Perdóname, por favor.
Se fundieron en un abrazo. Las lágrimas brotaron. Y después de mucho tiempo, ambos sintieron alivio y reconciliación.
Cuando el carpintero recogía sus herramientas para marcharse, el hermano mayor lo alcanzó.
—¡Espera! ¿Cuánto te debo? ¿Por qué no te quedas unos días?
El carpintero le sonrió con amabilidad:
—Gracias, pero hay otros lugares donde también necesitan un puente.
A veces, sin querer, dejamos que los conflictos levanten muros entre nosotros y quienes amamos. Pero el perdón… el perdón construye caminos de regreso.
Y nunca es tarde para tender uno.
S.·.F.·.U.·. Mis QQ.HH.