28/05/2026
El eco del camino que no termina
Hay un instante mágico, justo cuando el sol empieza a esconderse entre los pinos y la Virgen ya descansa en su ermita, en el que el Rocío se transforma. Ya no hay palmas, ni cohetes, ni el alboroto de la llegada. Queda la arena en las botas, el cansancio bendito en los huesos y esa mirada fija en la carreta que emprende el regreso.
La vuelta no es el final de nada; es el principio de todo. Es el momento exacto en el que el Rocío deja de ser un destino y se convierte en un sentimiento que te acompaña a casa. A la ida le cantamos a la ilusión, al reencuentro, a los ojos llenos de promesas. Pero es a la vuelta, en ese silencio roto solo por el crujir de las ruedas en la arena, donde se reza de verdad. Se reza agradeciendo cada abrazo, cada rincón compartido, cada lágrima derramada al ver Herencia y cada ráfaga de viento que nos trajo su olor.
El polvo del camino se sacude de la ropa, pero el alma... el alma se queda impregnada de Ella para siempre. Porque cuando el camino de arena termina, empieza el verdadero camino de la vida: el de mantener encendida la marisma en el pecho durante todo el año.
Volver es recordar. Y recordar es volver a vivir. ¡Viva la Virgen del Rocío!
Camino y Rocío