19/10/2026
Por una calle encalada,
de sol limpio y mañanero,
va caminando la Virgen
entre rezos y silencios.
Granate lleva en su manto,
oro bordado en el pecho,
y unas flores por corona
que parecen del cielo.
Camina sobre la gente,
pero parece que el viento
la lleva suavemente
por un camino de ensueño.
Abajo, miles de ojos
la contemplan con respeto;
unos rezan en silencio,
otros lloran por dentro.
Se levantan los teléfonos
buscando guardar el momento,
como quien guarda en las manos
un pedacito del cielo.
Y entre cabezas y sombras,
entre murmullos y rezos,
su rostro sereno brilla
con una luz de misterio.
Las casas blancas la miran,
el sol se queda quieto,
y hasta las sombras parecen
inclinarse ante su paso lento.
No hace falta decir nada
cuando se contempla aquello;
hay miradas que son rezos
y hay lágrimas que son versos.
Porque una Virgen no pasa
como pasa cualquier tiempo:
cuando Ella cruza una calle,
algo cambia por dentro.
Se queda el alma callada,
se encoge un poco el pecho,
y el corazón, sin saberlo,
empieza a hablarle en silencio.
Quizás por eso la siguen
tantos corazones buenos,
porque cada cual le entrega
su pena, su fe y sus sueños.
Y Ella, vestida de oro,
bajo aquel cielo sereno,
parece decirle al pueblo:
«No tengáis miedo, aquí estoy yo».
Y cuando al fin se la llevan
por la calle adelante,
queda flotando en el aire
un perfume emocionante.
Queda el eco de una oración,
queda un suspiro en el viento,
queda la gente mirando
por donde se fue su cielo.
Y así, entre flores y rezos,
entre lágrimas y recuerdos,
la Virgen sigue caminando
dentro del alma de su pueblo.
Porque hay imágenes que miras,
y hay otras que llevas dentro;
y esta Virgen, cuando pasa,
se queda para siempre en el corazón.
Camino y Rocío