Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII

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Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII Página creada para el intercambio de información, respuestas a las consultas de los lectores, opiniones, reseñas, etc. sobre mi último libro.

Prólogo, por José Luis Gómez Urdáñez“Cuántos pobres tenemos”, se preguntaba retóricamente un joven Campomanes en 1750. “...
19/10/2022

Prólogo, por José Luis Gómez Urdáñez

“Cuántos pobres tenemos”, se preguntaba retóricamente un joven Campomanes en 1750. “Se podría decir que toda la nación lo es”, se respondía. Pero ¿cuál era el mecanismo perverso que no paraba de fabricar pobres? Incluso para nuestros elegantes ilustrados, estaba claro que la causa originaria era el vicio de la ociosidad; los pobres ya no eran víctimas sino culpables de su situación. Los pobres “verdaderos” estaban recogidos en casas de misericordia y hospitales; los otros, los “fingidos”, eran en el fondo desestabilizadores de un sistema que debía funcionar bien sin ellos, tal como el mismo Campomanes escribió en 1774 tras veinte años de magistrado: “La riqueza es el sobrante de lo necesario para el sustento del pueblo. Si éste permanece ocioso y pobre, poca puede ser la riqueza de los nobles”. Estaba claro para el asturiano que el papel del Estado -que nunca concibió sin la dirección de la nobleza- debía ser estimular al pobre para que trabajara y “creara riqueza”, lo que llamaba el “sobrante”, que es lo que permitía a la nobleza, “la que posee las más principales y más pingües tierras” -añadamos a la Iglesia, que comparte con los nobles el grueso de la propiedad-, ejercer su papel dirigente …¡incluso en el fomento de la riqueza! El famoso fiscal del Consejo de Castilla aseguraba con auténtico descaro que era la nobleza la que “tiene el principal interés en fomentar la riqueza del pueblo, cuya industria da valor a sus posesiones”. Hasta Feijoo, cincuenta años antes, había criticado la inutilidad de esos “nobles fantasmones que nada hacen toda la vida, sino pasear calles, abultar corrillos y comer la hacienda que les dejaron sus mayores”.
Elijo este argumento y estas dos citas de Campomanes porque René Andioc las usó “para acabar con el enternecimiento que aún suscita en ciertos historiadores la «filantropía» de los hombres políticos de la Ilustración”. El célebre hispanista experto en el teatro del XVIII no necesitó salir del campo literario para avisarnos del peligro que suponía la visión dulzarrona, a la manera de Jean Sarrailh en su España Ilustrada, y para llegar a la intuición de que en el XVIII español “la preocupación por el orden supone la amenaza del desorden”, ese desorden que siempre estuvo latente bajo la apariencia de la quietud que ha dado lugar a la idealización del siglo feliz. Son estos mismos argumentos los que, también por esas fechas de renovación de la historia del XVIII español, empleaba un joven Jacques Soubeyroux -tan hispanista como hispanizado-, que también olvidaba deliberadamente la versión de la “cruzada” a lo Sarrailh de los ilustrados españoles, siempre dolientes ante el problema de la pobreza imposible de resolver, para volcarse en el estudio “desde abajo” del problema social madrileño, pero en este caso, a través de fuentes archivísticas, es decir, de aquellos documentos donde el pobre se encontraba con la dicotomía característica del despotismo ilustrado: o caridad resignada, o represión justificada. Hoy sabemos que la línea que separa las dos soluciones es muy difusa y, como comprobaremos en este libro, es la clave de una nueva manera de ver el problema.
El manejo de las fuentes documentales en sus muchísimos trabajos de historia social es la huella distintiva del historiador Soubeyroux desde hace años -en 1978 publicó su tesis Paupérisme et rapport sociaux à Madrid au 18e siécle- y lo que, precisamente, le impidió seguir la senda facilona de Jean Sarrailh: los archivos. Luego vinieron obras de gran impacto como El motín de Esquilache y el pueblo de Madrid y numerosas aportaciones sobre la vertiente social del XVIII español hasta llegar a Goya, el activista político, no el “fotógrafo” sino el engagé, el que pintó lo que algunos pensaban y lo contrapuso con lo que vio y más con lo que él mismo pensó. Soubeyroux ha dedicado a Goya un precioso estudio -Goya politique (2011), traducción española de 2013- de difícil aceptación para el conservadurismo que hoy rodea al genial pintor, y acompaña esta obra con las imágenes más incisivas que nos legó sobre el problema social.
Por todo ello, este libro es un paso de gigante. El gran historiador Soubeyroux suma aquí las visiones nuevas del siglo ilustrado en su vertiente política y social, las de los historiadores españoles de las dos últimas décadas, pero también la de Michel Foucault, que influye claramente en su visión de la represión de la pobreza, o en sus palabras: “la relación compleja en forma de oposición permanente entre el poder y los pobres”, que es lo que anuncia que será el objetivo de esta obra. Al mundo de “los proyectos de reforma social desarrollados por las clases dirigentes”, a la manera de Sarrailh y sus seguidores, y “al mundo de los pobres, artificialmente aislado”, Soubeyroux opone en este libro una nueva explicación que, a mi parecer, refuerza lo que sabemos sobre el enmascaramiento de la violencia social por parte del absolutismo, disfrazado de paternalismo ilustrado -la filantropía de los privilegiados-, herencia que pasó intacta al conservadurismo decimonónico hispano, como puede comprobarse en los discursos parlamentarios que servirían de base a las leyes de beneficencia, pero también a las de vagos y maleantes. “La Ilustración, que descubrió las libertades, también inventó las disciplinas” (Foucault).
Soubeyroux descubrió muy pronto que Madrid era el mejor observatorio para comprender por qué ser pobre era una manera de mantener estable el sistema. Como ha reflejado recientemente en un brillante estudio sobre los esclavos de Madrid José Miguel López García, Soubeyroux demostró hace años que Madrid era el destino final de una “auténtica inmigración de la miseria”. Ser pobre en Madrid, donde había muchos ricos, no era lo mismo que ser pobre en un pueblacho en el que todo era del conde y hasta los pocos ricos eran pobres, incluida la Iglesia local, que apenas podía mantenerse con unos diezmos escuálidos. Sin embargo, las 22 parroquias y los 70 conventos madrileños, y toda la aristocracia nobiliaria del reino con casa en Madrid, “protegían” a miles de pobres, amparados por la virtud de la Caridad que, además, les abría las puertas del cielo. El propio rey iba repartiendo monedas cuando salía a cazar -“los pobres cazadores” que cita con ironía el autor-, o cuando atravesaba las calles camino de Atocha, dando ejemplo del alto valor de la caridad, a sabiendas del agradecimiento innato que estos gestos suscitaban entre los madrileños: una recomendación expresa que ya hizo Luis XIV a Felipe V en sus instrucciones antes de que viniera a ocupar el trono de España.
Los ilustrados no acertaban a comprender hasta qué punto Madrid era el mejor reflejo de sus políticas. Nadie explicaba por qué ociosos, malmorigerados y vagantes, fueran pobres válidos o fingidos, o delincuentes, elegían para subsistir Madrid, la ciudad que solo podía ofrecerles dormir en la calle, en las cuadras, o en los soportales de la plaza Mayor, porque apenas había trabajo y hasta pedir limosna estaba regulado como un privilegio. Los bandos de expulsión de pobres se sucedían con cualquier motivo -la llegada de Carlos III por ejemplo, para que no viera una ciudad infestada de pobres-, pero no se daban explicaciones. Quizás no se quería aceptar que el pobre era el último soporte de un Madrid de nobles y criados, de ricos y siervos, de señoras y criadas, de trabajadores “descalificados”, -Carlos III tuvo que admitir que todos los trabajos eran honrados, sea, hágase el milagro-, de malentretenidos y arrastrasacos, de mujeres, jóvenes y niñas que ofrecían su trabajo a domicilio -lavanderas, zurcidoras, planchadoras, cocineras- a precio de miseria -¿o era una limosna?-, mientras gremios enteros rozaban la pobreza, pendientes de las oscilaciones del precio del pan “en un proceso de pauperización que no cesó de agravarse durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, hasta echar abajo todo el sistema anterior de convivencia social”, en palabras de Soubeyroux.
La Caridad era sospechosa -ya lo había dicho Voltaire, donde hay más caridad hay más pobres-, pero pocos se atrevían a revelar que, en realidad, enmascaraba un formidable mecanismo que mantenía legiones de criados a bajo precio, poco más que lo que costaba un esclavo. En esas condiciones, ser pobre en Madrid y resistir solo se puede explicar porque quizás una de las aspiraciones de una amplia capa social fuera ser criado y otra, que se mantuvieran las instituciones de caridad, o sea, la sopa de los conventos y, si hiciera falta, el hospital de pobres, la solución universal. Desde Domingo de Soto se invocaba la libertad del que acudía a la caridad -la libertad del pobre-; también la de los que le proporcionaban ayuda, empezando por el rey, que seguía dando ejemplo, eso sí, sin el menor interés por saber qué pasaba realmente en los centros de recogida, en realidad, centros correccionales de los que solo se publicitaba su labor asistencial. Ni siquiera el iluso de filantropía Pablo de Olavide se salva del certero bisturí de Soubeyroux -tampoco su crédulo biógrafo Marcelin Defourneaux-, como se comprueba en el capítulo dedicado al gran correccional de San Fernando.
Soubeyroux demuestra hasta qué punto la caridad estaba institucionalizada, desde la cúspide: las limosnas regias no eran solo simbólicas. Según un memorial de Floridablanca citado por el autor, “durante 1779 Carlos III otorgó a la Junta General de Caridad la suma de 186.200 reales, de los cuales 106.800 en el cuarto trimestre por corresponder a las dádivas habituales de la corona en Navidad”. Tras el rey, las grandes familias nobles se mostraban ante los madrileños en la misma actitud y nutrían las numerosas instituciones caritativas madrileñas. “En 1779, entre los 192 diputados elegidos en las Diputaciones de barrio, figuraban 104 nobles, de los cuales 7 eran duques, 19 condes y 42 marqueses”. Así se entiende que ser pobre en Madrid pudiera ser visto como un privilegio y que incluso se expidieran certificados de serlo: en el gran trampantojo, todos estaban interesados en ello, por eso la pobreza parecía intemporal e irresoluble y se hacía verdad el lema evangélico “los pobres siempre los tendréis con vosotros”. Incluso un Campomanes se mostraba en esto vencido, pues sabía cuántos sacaban provecho y, como en tantas ocasiones, tuvo que callar.
En suma, mientras nuestros próceres ilustrados decían intentar remediar la miseria, en realidad estaban manteniendo el sistema que la generaba, un régimen de injusticia y servilismo que, como indica el autor recordando a Tomás Moro en Utopía, se basaba en el argumento de la “pobreza embrutecedora”, la que deja a los pobres sin “energía para sacudir el yugo”. Para nuestros ilustrados, el yugo era el orden, y el orden exigía represión: mantener siempre la “cuerda tirante”, como recomendaba Floridablanca, que advertía que los pobres “en años de escasez son peligrosísimos”. Toda la tercera parte de este libro se consagra precisamente a ese peligro y a la manera institucional de atajarlo.
Estamos, pues, ante una obra maestra que cierra un ciclo historiográfico y plantea un enfoque nuevo de un tema crucial en la historia social de España, originado como tantos otros en el siglo olvidado. Gracias a estudios como los de Soubeyroux, el XVIII español ya no es aquel siglo que España “perdió”, según dijo Ortega, aquel siglo “desviado” y por ello abandonado en los años de las fanfarrias imperiales del Régimen, en el que la España supeditada a Francia había perdido hasta sus “virtudes raciales” según lamentaba un confeso menendezpelayista que hoy seguramente se sumaría a los esfuerzos de Elvira Roca por defendernos de la leyenda negra reinventada como un nuevo fantasma a la espera de nuevos salvadores a quienes agradecer nuevas hazañas. Porque las hazañas que trae Soubeyroux a este libro son las de los pobres, con sus nombres y apellidos -y muchas veces, con sus profesiones y sus delitos-, las de los “peligrosísimos” de Floridablanca, las de los excluidos de los libros de la historia patria, pues en todo tiempo, como decía un veedor de la Casa de Misericordia de Zaragoza, “muchos hablan de pobres, pero lo que quieren es verse lejos de ellos”.

Una buenísima reseña de mi querida amiga, la profesora de la Universidad de Varsovia Cristina González Caizán, en el pri...
20/09/2022

Una buenísima reseña de mi querida amiga, la profesora de la Universidad de Varsovia Cristina González Caizán, en el primer número de una revista llamada a ser el mejor vehículo de expresión del hispanismo polaco.

"Todos sufrieron cárcel o destierro, pero nos detendremos en el bien conocido caso de Jovellanos. Su prisión en la cartu...
22/08/2022

"Todos sufrieron cárcel o destierro, pero nos detendremos en el bien conocido caso de Jovellanos. Su prisión en la cartuja de Valldemosa y luego en el castillo de Bellver es muy conocida, pues él mismo escribió mucho -cuando pudo- y ha habido numerosos trabajos sobre los siete años de prisión; pero un libro reciente, el de Javier González Santos sobre la “agradable estancia de Jovellanos en Mallorca”, ha provocado una enorme sorpresa, pues de una manera insensata este autor cree que la “permanencia” de Jovellanos “debió ser parecida a la que pueden hacer hoy en día los turistas rurales, pero más larga”, según declaró a la prensa celebrando la publicación de su libro. Afortunadamente, el disparate es inofensivo, pues se conocen bien las penalidades que sufrió el asturiano; la primera, la indefensión, pues nunca fue juzgado; luego, su detención en su casa de Gijón por soldados armados, el 13 de marzo de 1801, y el penoso y largo viaje, “conducido con escándalo y escolta de tropa, sin entrar en Oviedo, hasta León”, y desde ahí hasta Barcelona, donde embarcó en el barco correo que lo llevó a Palma de Mallorca, para ser conducido por el capitán general a la cartuja de Valldemosa. Allí, encerrado en la celda, enfermó, y desde allí escribió al rey el 8 de octubre de 1801, implorando “la justicia de Su Majestad” y quejándose del “atropello de mi libertad”. La carta al rey, como ocurrió con las que envió la familia de Olavide un cuarto de siglo antes, no llegaría a su destino, pero sí a las manos del ministro Caballero y sus secuaces, que se sorprendieron de que en el cautiverio los frailes le hubieran permitido escribir sin permiso, lo que motivó el traslado del preso a un encierro que se pretendió más duro, al castillo de Bellver, donde viviría “con correspondiente custodia”, es decir, con dos soldados en la puerta de su habitación, y “sin comunicación y privado de papel, tinta y lápiz”: eso mandaba la orden de 21 de abril de 1802. A la vez, se ordenaba encarcelar en Madrid al que había sido su capellán, José Sampil, que se había trasladado a la corte para hacer llegar al rey las súplicas de clemencia. No insistiremos más en la desgracia del “turista rural”.

Todo esto y más en "Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII", Madrid, Punto de Vista editores, 2020. Premio "Monografías" de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII.

"Aunque todos en la Corte fingieron normalidad ante la salida del conde de Aranda, destinado a la embajada de París -una...
09/08/2022

"Aunque todos en la Corte fingieron normalidad ante la salida del conde de Aranda, destinado a la embajada de París -una vez más para alejarle de Carlos III-, hubo incluso pasquines a su favor. Grimaldi recogió algunos; de uno de ellos pensó que provenía «de algún apasionado del conde de Aranda sentido de la partencia de este sujeto» porque las ideas «son las mismas que el mismo conde ha tenido y vertido en otros lugares; también ha repartido las mismas especies tocante a la Marina y la Artillería». Pero lo importante es que Grimaldi ya se dio cuenta, y contó al sucesor de Aranda, Ventura Figueroa, el 19 de agosto de 1773 —Aranda partió de San Ildefonso el día 16— que «el rey ha oído con sumo desagrado la noticia de que haya gentes tan depravadas y piensen sembrar especies sediciosas en desdoro de su respetable autoridad y comprende que tal vez por exceso de benignidad y de tolerancia se da lugar a que tomen cuerpo tan atrevidos procederes». El rey evolucionaba en sus ideas hacia un cerrado conservadurismo, receloso ya de las Luces y de alguno de sus ministros, y seguramente Campomanes no es que se oscureciera ante los riesgos, sino que hizo lo que dice Concepción de Castro, que le ha estudiado en profundidad: «Posiblemente, en su evolución Campomanes seguía, básicamente al menos, la del mismo Carlos III». ¡Qué mejor manera de protegerse!
Como Campomanes, Olavide sufrió la decisión de Aranda y notó sus consecuencias en cuanto comenzó a actuar Pérez Valiente, quien no solo corroboró los cargos contra su gestión, sino que dio alas para que aumentaran las críticas a su persona. Olavide pensó en abandonar, pero terminada la visita de Pérez Valiente, volvió a tomar las riendas creyéndose autorizado por Múzquiz y, sobre todo, por Aranda, que una vez más se creyó el vencedor del cubileteo sin serlo. Era una partida más que le ganaban al soberbio conde y que, sin él saberlo ni imaginarlo, le iba dejando aislado".

Todo esto y más en "Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII", Madrid, Punto de Vista editores, 2020.

El caso Olavide. Otra sentencia, también preparada con anterioridad en los arcanos del poder.El autillo contra Pablo de ...
29/07/2022

El caso Olavide. Otra sentencia, también preparada con anterioridad en los arcanos del poder.

El autillo contra Pablo de Olavide se celebró el 24 de noviembre de 1778, pero la maquinaria se había puesto antes en marcha, antes incluso del día 11 de noviembre –trece días antes del autillo–, cuando el inquisidor Bertrán, “en obedecimiento de lo que Vuestra Majestad tiene dispuesto y mandado en este punto” –una vez más, sumiso y prudente-, comunicaba al rey que “da curso a este negocio”, y añadía que además de “ponerlo en la superior inteligencia de la Real Persona”, iba a “consultar la resolución y sentencia que se hubiese acordado”. Más claro no se puede hablar: el inquisidor sometía su voluntad –y la del tribunal- al rey, que es el que ordenó la fecha no sólo de comienzo del “negocio”, sino incluso la sentencia.
Por el embajador francés sabemos que Bertrán visitó al rey tres días antes del autillo “para recibir órdenes sobre el particular”, y desde luego, no se le ocultaba que “el fallo de este caso no se ha pronunciado sin antes haberlo sometido a examen de Su Majestad”. El propio Inquisidor dejó ver nuevos indicios cuando el 26 de noviembre escribía a Roda que el auto del 24 “es el que se acordó con Su Majestad y Vuestra Excelencia lo sabe” . Luego, Bertrán se disculpaba –¿de qué?– y lanzaba la siguiente justificación: “este lance me enfermó a causa de la condición de mi genio, me hizo pasar dos noches sin cuasi poder pegar los ojos y me dejó sin cabeza para nada”.

¿Qué se siente al condenar a un inocente?

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El lawfare es muy viejo. Macanaz, Gándara, el conde de Superunda... Víctimas del lawfare."La reina viuda, la vieja leona...
28/07/2022

El lawfare es muy viejo. Macanaz, Gándara, el conde de Superunda... Víctimas del lawfare.

"La reina viuda, la vieja leona, Isabel Farnesio, volvía al poder por deseo expreso de su hijo Carlos III, que la nombró gobernadora aún en vida del moribundo Fernando VI. El duque de Alba, que se sabía aborrecido por la que se jactaba de haber expulsado de la corte en 1747 –“yo la quisiera en Parma”, le había dicho a Carvajal -, no podrá estar presente cuando vuelva a Madrid la reina viuda, ahora madre, exultante. Luego, ya enferma y ciega, Alba se fue acercando a Carlos III, intentando hacer política, intrigando de nuevo contra Ensenada, a quien pretendió perder una vez más, como Aranda intentó -y logró- hacer con el conde de Superunda, hechura de Ensenada, acusado en consejo de guerra de ser el que tomó la decisión de entregar la Habana a los ingleses, pero en realidad, dolido porque la aplicación del concordato ensenadista del 53, la nueva regulación de diezmos a laicos, de novales, de iglesias de patronato –como las de sus “estados”, que se repartían por media España- perjudicaba los intereses de su Casa. Y ya se sabía, Alba era un hombre de buena fama, pero de mal corazón.
(...)
"En la larga lista de servidores de los Borbones “caídos”, destaca José Antonio Manso de Velasco, riojano como su íntimo amigo Ensenada, natural de Torrecilla en Cameros, vestido de noble con el título de conde de Superunda por “haber vencido sobre la ola”, es decir sobre el tsunami que azotó El Callao en 1746 cuando era virrey del Perú. Antes había sido gobernador de Chile y, como tantos militares -llegó a teniente general-, había conocido a Ensenada en las campañas de Italia. Viejo y rico, salía de Lima en 1761, para disfrutar de su retiro España, pero todo se truncó cuando estando en La Habana esperando el barco que le traería a Cádiz, llegaron los ingleses y tomaron la ciudad. Superunda, que tenía ya setenta y cuatro años, era la máxima autoridad y hubo de firmar la capitulación, lo que le acarreó comparecer ante un consejo de guerra que, para su desgracia, estaba presidido por el conde de Aranda".

Todo esto y más en "Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII", Madrid, Punto de Vista editores, 2020. Premio "Monografías 2021" de la Sociedad Española de Estudios del siglo XVIII.

Pensando en otras víctimas con motivo de la sentencia contra Griñán, una "monstruosidad jurídica" que se parece mucho a ...
27/07/2022

Pensando en otras víctimas con motivo de la sentencia contra Griñán, una "monstruosidad jurídica" que se parece mucho a las de aquellos tiempos del despotismo, por ejemplo a la que sufrió el conde de Superunda.

"...ha estudiado a fondo todos los entresijos de la lucha ideológica y todas las contradicciones del poder. Primero, por lo más sabido: los ilustrados fueron una minoría, que tuvo siempre en contra a una turba reaccionaria extraída esencialmente del sector de los privilegiados, la aristocracia y, sobre todo, la Iglesia, siempre campeona de la intolerancia y el oscurantismo. Luego, por un descubrimiento más reciente: la dualidad de los poderes, repartidos entre los grandes funcionarios (como los secretarios de Estado) y los grandes cortesanos (los que gozaban de la intimidad del rey dentro de la Corte, de la domus regia, con especial hincapié en el confesor real, sobre todo cuando se trataba de un fraile a la vez ignorante y fanático como Joaquín Eleta), cuando no había que añadir la secreta ebullición del cuarto del príncipe, convertido muchas veces en un centro conspirativo de primera entidad, y para acabar, el rey, último depositario de la autoridad, pero también zarandeado por filias y folias que alteraban el cuadro. Finalmente, por las rivalidades internas entre las facciones, entre los partidos, algunas ya muy conocidas (la conjura contra Ensenada, el motín contra Esquilache), pero otras oscuras o tergiversadas, justamente las que estaban esperando la palabra de un historiador cualificado.
Por ello, las víctimas del absolutismo que desfilan por este libro pueden serlo por los ataques de la reacción aristocrática o clerical, por los intrigantes de la Corte o por sus propios colegas ilustrados, dispuestos a la zancadilla o a algo peor por motivos normalmente poco confesables, por aspirar al poder, por salvaguardar su posición, por ejercitar la venganza".

Prólogo de Carlos Martínez Shaw a "Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII", Madrid, Punto de Vista editores, 2020. Premio Monografías 2021 de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII.

No bastaba con la cuerda tirante.Aranda en persona, junto con Campomanes, dirigió una redada contra los 17 vagos presos ...
25/05/2022

No bastaba con la cuerda tirante.

Aranda en persona, junto con Campomanes, dirigió una redada contra los 17 vagos presos que se habían escapado del depósito previsto en la primera detención y se habían refugiado en Santo Tomás acogiéndose a sagrado. Se lo contaba en carta a Roda el 26 de mayo de 1766:
"Hice poner mi coche y me fui con el fiscal don Pedro de Campomanes que a la ocasión se hallaba conmigo; fui allá disponiendo que me siguiese un caballo para montar. Era ya muy de noche cuando llegué; había ya alguna gente del pueblo por curiosidad; al propio tiempo, llegó el vicario, estaba ya el gobernador de la sala y algún alcalde: se dispuso inmediatamente con el auxilio eclesiástico pasar a Santo Tomás, Santa Cruz y San Felipe el Real, donde hubo noticias de haberse repartido (los reos). Empezó a llegar la tropa. Yo monté entonces a caballo a la misma puerta de la cárcel, dije que la tropa se repartiese para dicho fin..."
Había habido unas 40 víctimas en Madrid a causa de la represión de los soldados, pero el malestar no cesaba. El 30 de julio de 1766, Aranda escribía a Roda y le decía que la noche anterior, a las 12 y media, cuando se iba a dormir, vino Olavide a contarle el alboroto que habían organizado las mujeres en el hospicio de San Fernando. Más de 200 habían querido escaparse. Olavide estuvo allí hasta las 7 de la mañana. El bullicio comenzó entre las 8 y las 9 de la tarde, después de haber cenado. La guardia se componía de un piquete de infantería y 12 soldados a caballo.
Como los hombres podían rebelarse también, Aranda mandó una compañía de granaderos del rey y 30 caballos. Pero todo estaba sosegado por la mañana, por lo que mandó volver a la tropa. El 31 de julio de 1766, Roda le contestaba que el rey (Carlos III) quería castigo, para dar ejemplo a las mujeres y para que vieran los hombres que nada quedaría impune.

Todo esto y más en "Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII", Madrid, Punto de Vista editores, 2020.

El cuadro con la cabeza del ahorcado, atribuido o Casado del Alisal, está en el castillo de Villandry, cerca de Tours

15/05/2022

    José Luis Gómez Urdáñez Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja   Extracto de Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII, en…

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