28/05/2026
𝘓𝘢 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳𝘪́𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦𝘳𝘪́𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰, 𝘺 𝘦𝘴 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘳𝘦𝘯𝘴𝘪𝘣𝘭𝘦. 𝘐𝘮𝘢𝘨𝘪𝘯𝘢 𝘥𝘦𝘴𝘤𝘶𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘦𝘮𝘪𝘨𝘰 𝘦𝘴 𝘥𝘪𝘦𝘻 𝘷𝘦𝘤𝘦𝘴 𝘮𝘢́𝘴 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘶́. ¿𝘊𝘰́𝘮𝘰 𝘦𝘯𝘧𝘳𝘦𝘯𝘵𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘴𝘪𝘯 𝘪𝘯𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯, 𝘴𝘪𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢𝘵𝘦𝘨𝘪𝘢, 𝘴𝘪𝘯 𝘴𝘪𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘳 𝘴𝘶 𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢?
Con la aceptación ocurre lo mismo, ¡no podemos aceptar aquello que no conocemos!
Mientras lo interno permanezca en la sombra, las heridas, los miedos, las contradicciones, los deseos negados, no hay aceptación posible. Solo hay resistencia, evasión y desgaste.
Previo al auge del conductismo, resonaba con fuerza el nombre de William James, quien afirmaba que la introspección solo podía darse mediante el diálogo. Esta idea es reveladora, porque sugiere que el diálogo con uno mismo o con otro, es la estrategia que nos permite ingresar a nuestro interior, iluminar lo que evitamos y comenzar a reconocer aquello que nos habita. Reitero, estamos hablando del diálogo como estrategia, lo que implica que la persona cuenta, o va apropiándose, de los recursos necesarios para hacerlo.
Esta idea, que posteriormente se consolidó como una metodología seria dentro de la Psicoterapia Moderna, el Diálogo, requiere un acompañamiento cercano y profesional. Su finalidad es que la persona ingrese gradualmente a lo más profundo de sus estructuras internas, a experiencias que ya no están en el consciente pero que permanecen como información activa, influyendo en el presente. En ese proceso surgirán incomodidades y se despertarán dolores que parecían olvidados.
Es importante mencionar que este Diálogo del que hablamos no tiene nada que ver con una charla de amistad o una buena plática de café. Desde su propio lugar, requiere precisión, cuidado y un encuadre claro. Es el profesional de la psicología quien construye la estrategia pertinente para que este Diálogo, basado en la introspección, pueda generarse de manera segura y profunda.
Bien, vamos al punto central de este texto. El gran Erich Fromm, quien se autodenominaba Psicoanalista Humanista, decía que el ser humano es el eterno lactante, aquel que siempre quiere más y mejores cosas. Esta idea, rectora de su pensamiento y de su investigación sobre la Psicología y el fenómeno humano, es profundamente compleja, pues implica, técnicamente, el inicio del bienestar o del malestar de la persona.
La lactancia y la parte más importante de la crianza ocurren en los primeros años de vida, porque es ahí donde este nuevo ser humano, de manera natural y a partir del acompañamiento del adulto, se apropia de elementos cognitivos y emocionales que lo sostendrán en etapas posteriores. Si este acompañamiento no es oportuno, en lugar de fortalezas se construyen carencias, y esas carencias (como lo plantea Fromm) mantienen vigente la eterna lactancia, una búsqueda constante por llenar vacíos con cosas.
¿Qué sucede con las personas que tienen vacíos y buscan llenarlos con elementos ajenos a su propia naturaleza? Primero, es importante señalar que ahí ocurre una ruptura con lo que son y con quienes son. Una ruptura con su propia naturaleza. Esa desconexión les impide reconocerse en cada etapa de la vida y, por lo tanto, les impide descubrirse.
Como resultado, se vuelven especialmente vulnerables a la inmediatez que promueve la cultura, el esfuerzo permanente por adquirir cosas, experiencias o estímulos que prometen satisfacción instantánea. Y aunque es cierto que estos elementos pueden ofrecer un alivio momentáneo, la sensación se desvanece pronto, dejando nuevamente la necesidad abierta, el vacío intacto y la búsqueda reiniciada.
Un punto crítico en la vida de una persona aparece cuando el organismo deja de callar. El cuerpo comienza a advertirnos que lo estamos enfermando, comemos por ansiedad, aumentamos las cantidades, elegimos alimentos cada vez menos saludables. Esta aparente hambre, es un intento desesperado del organismo por regular un vacío emocional que no encuentra otra vía de expresión.
Ya tenemos dos puntos críticos, la cultura de la inmediatez, que fomenta la adquisición no consciente, y el daño progresivo al organismo. Estos son enemigos silenciosos que actúan con sigilo, sin que lo notemos, hasta que dejamos de ser conscientes y nos convertimos en parte de un ritmo de vida acelerado que nos arrastra.
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫 𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐨?
¡Detenernos! Si, detenernos para escucharnos. El organismo que hemos ignorado comienza a hablarnos con más fuerza, y el diálogo introspectivo, acompañado profesionalmente, se convierte en la vía para reconocer qué nos duele, qué nos falta y qué hemos intentado llenar con urgencia. Solo cuando volvemos a mirar nuestra propia naturaleza, podemos distinguir entre lo que deseamos y lo que simplemente consumimos para no sentir.
Reconstruir la conexión con la propia naturaleza no es un acto inmediato, sino un proceso gradual que inicia cuando la persona decide detenerse y escucharse. La introspección guiada permite reconocer qué partes de sí fueron negadas, reprimidas o sustituidas por deseos ajenos. En ese espacio seguro, la persona comienza a distinguir entre lo que realmente necesita y lo que aprendió a desear para sobrevivir.
Volver a la propia naturaleza implica recuperar la capacidad de sentir sin miedo, nombrar lo que duele, reconocer lo que falta y aceptar lo que es. Es un retorno a la autenticidad, dejar de vivir desde la carencia y comenzar a habitarse desde la verdad interna. Solo así se reconstruye la identidad, como un proceso vivo que se sostiene en la coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace.
Cuando la persona logra escucharse, el organismo deja de gritar. El cuerpo ya no necesita recurrir a la ansiedad, al exceso o a la inmediatez para regular lo que la conciencia no quiere ver. Surge entonces un ritmo distinto, uno que no responde a la cultura de la prisa, sino al propio compás interno. Un ritmo que permite distinguir entre lo que se desea y lo que simplemente se consume para no sentir.
Volver a la propia naturaleza es, en esencia, un acto de aceptación. Aceptar lo que somos, lo que fuimos y lo que necesitamos. Aceptar que no podemos luchar contra un enemigo que no conocemos, y que ese enemigo, habita en nosotros. El diálogo profundo, honesto y acompañado, se convierte así en la vía para iluminar la sombra, reconocer nuestras heridas y recuperar la capacidad de habitarnos con verdad.
Solo entonces, la eterna lactancia deja de gobernar nuestra vida y, en su lugar aparece algo más simple y más humano, la posibilidad de vivir desde la conciencia, no desde la carencia.