27/10/2018
Acá les dejo la página de la editorial de la revista ARDI (del año 1991), que compartí con ustedes en la clase del jueves 25 Nov. Copio, además, un texto donde narro esta anécdota que les conté ese día.
Abrazos!
Marco Sanguinetti
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La carrera de Diseño Industrial empezó a dictarse en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1985. Quienes ingresamos a principios de los noventa (en mi caso 1993) lo hicimos cargando iguales dosis de entusiasmo e incertidumbre. Si bien la historia del diseño en Argentina era ya fructífera desde la aparición del sillón BKF en los años treinta y gracias a los sucesivos logros de nuestros héroes locales (Maldonado, Blanco, Leiro, Kogan, Colmenero, Nápoli, entre otros), era poco lo que sabíamos sobre esta novedosa disciplina. Recién una vez transcurridos dos o tres semestres de clases empezábamos a comprender en dónde nos habíamos metido. Éramos aventureros en la expedición del conocimiento, tal vez impulsados por nuestra intuición, aspirando a convertirnos en algo que no estaba muy comprobado y muchos menos reconocido por la sociedad. Seguramente, la convivencia entre arte y técnica implicada en el diseño industrial constituía la característica más seductora para los jóvenes con vocaciones múltiples. Nos gustaba la idea de convertirnos en una mezcla de profesionales artistas-técnicos, buscadores de soluciones para las más diversas situaciones, dotados de una gran amplitud cognitiva posibilitadora de cierta libertad de acción.
Desde el primer minuto de contacto con el diseño industrial nos quedaba claro que este camino de aprendizaje no tendría nunca una estación final. Pero, más impactante aún resultaba entender que no habría otra vía para acceder al conocimiento que la experiencia misma de la práctica proyectual, con su posterior asimilación a través de la reflexión. El método de enseñanza en la FADU hacía (y hace) honor al enunciado de Donald Schön: “Se debe empezar a diseñar a fin de aprender a diseñar”.
Eran tiempos marcados mundialmente por la caída del muro de Berlín (1989) y la palabra más nombrada en las aulas, así como también en los artículos de las revistas especializadas, era “globalización”. La figura ya emblemática de Philippe Starck conmovía o indignaba, pero todos hablábamos de él. Argentina se sumergía en su enfermiza ambición de capitalismo corrupto y se profundizaba el proceso de desindustrialización vacío de políticas de apoyo a la producción local. No sería fácil ejercer nuestra todavía desconocida profesión. De vez en cuando algún colega lograba participar en un proyecto profesional y, por supuesto, despertaba en todos gran admiración (y un poco de envidia). Las pocas oportunidades consistían en desarrollos improvisados de elementos publicitarios originados en los departamentos de marketing de las empresas. Algo poco interesante para mí, ya que no parecían poner en práctica los valiosos conocimientos que estábamos adquiriendo en nuestra muy exigente carrera.
Cuando promediaba mi paso por el primer año de la carrera en la FADU no era fácil acceder a las novedades del diseño internacional. Para eso había que rastrear las revistas internacionales especializadas, casi nulas en nuestro idioma, que de forma discontinua llegaban con varios meses de atraso a alguna librería de Buenos Aires. Por fin, un día, junto a dos colegas descubrimos un verdadero tesoro en una decaída tienda de libros usados sobre la Av. Corrientes. Se trataba de una inmensa colección de números atrasados de la revista catalana ARDI, por entonces la casi única y obligada lectura en español sobre diseño industrial. Entre los tres reunimos el monto necesario para comprar la colección completa y repartimos los ejemplares. Cada uno regresó a su casa en estado de exaltación, portando una pila de húmedo y pesado papel impregnado de valiosa información.
Mi vida estaba atravesada por constantes crisis vocacionales. Además de asistir a la facultad de diseño estudiaba música con igual intensidad y desarrollaba otras actividades artísticas. Sufría pensando que mis aprendizajes diversificados terminarían por debilitar a cada una de las habilidades que aspiraba desarrollar. Pero aquella tarde en la que abracé el pilón de ARDI fue epifánica para la puesta en valor de esa educación multidisciplinar a la que me había expuesto. Ya en mi casa, me arrojé en el piso de la habitación, desplegué el botín de revistas y comencé a recorrer con vehemencia cada número. Al llegar al ejemplar de diciembre de 1991 me detuve paralizado frente al texto editorial, que copio a continuación:
"Cuando ya casi estamos agotando el siglo XX, resulta fundamental en el perfil del diseñador:
- Conocer la historia de las religiones para entender el sentido de los hombres, y la función del resto de enseres.
- Interesarse por las fuentes energéticas, por el ecosistema, por el reciclaje y también por el racismo, el hambre y la paz.
- Leer abundantes diarios, revistas y libros. Hacer una previa selección, recortar artículos, tomar notas, subrayar y releer. Imaginar comportamientos, ambientes, vivencias.
- Ver mucha televisión, hacer zapping, visionar vídeos, ir al cine, fijarse también en los paisajes, los decorados, el atrezzo, y de vez en cuando obligarse a ir al teatro.
- Viajar con cualquier excusa a otras culturas, aprender y practicar idiomas, intercambiar opiniones y habitaciones.
- Tomarse muy en serio la ciencia, intentar comprender los grandes enigmas de nuestra existencia.
- No perder oportunidad para escuchar, dialogar y discutir –por este orden– con gente sabia, pensadores, filósofos o profesionales de otras disciplinas. No agobiarlos con el diseño.
- Apuntarse a clases de algo, visitar todos los museos, ejercitar sin descanso el olfato y el tacto, intentar pintar un óleo, coser un botón, freír bien un huevo, practicar el bricolage para ejercitar los dedos y el ingenio práctico, oír música con atención, cultivar géneros desconocidos, intentar tocar el piano, asistir a conferencias, y de vez en cuando no hacer absolutamente nada: dejar la mente abierta y los ojos cerrados y, simplemente, con bella sencillez, aprender de la nada…".
Este punteo de consejos, llegados desde el admirado primer mundo del diseño hispanoparlante (España, puntualmente Barcelona, que había sido sede de los Juegos Olímpicos en 1992 y donde el diseño emergía estratégicamente con una fuerza incontenible) me acompañaría en toda mi etapa de formación universitaria como una credencial para autopermitirme reiterados e impulsivos desvíos disciplinares. Sin poder explicar bien por qué, de manera casi intuitiva, empecé a creer que un diseñador debía “esculpirse” sobre sus múltiples y variadas experiencias, importando tanto las propias de la disciplina como las ajenas a ella. Algunos años más tarde, la propuesta fresca y desestructurada de ARDI daría forma a una mutante ideología pedagógica que definiría mi manera de abordar la docencia. Sin dudas, también, la visualización de que el diseño debe ser algo más que únicamente diseño me resultaba (y me resulta aún hoy) propio de nuestra idiosincrasia argentina. Esa era, definitivamente, una forma de identidad para nuestra disciplina.
En 1993 el diseño argentino era capitalista-publicitario-marketinero, impotente frente a una maltratada industria nacional y el liberalismo de las importaciones. Pero yo tenía guardado un consuelo íntimo, esperanzador, aprendido de esa breve lectura: ser diseñador podría resultar sumamente enriquecedor, más allá de las tareas a las que nos destinara la profesión. El diseño debía ser algo más que diseño.