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01/02/2024

REPRESIÓN AUSPICIADA POR LA FUERZA LIBERTARIA

Un inspector de la PFA ostentó el símbolo de ultraderecha en su pechera durante el megaoperativo en Congreso.

La diputada Myriam Bregman fue quien compartió la imagen, aunque confundió al efectivo de la Federal con uno de Gendarmería. La bandera de Gadsden, tal su nombre, fue creada por Christopher Gadsden en 1775 durante la guerra de independencia de Estados Unidos y representa la rebeldía ante el Estado. Pero también es un símbolo supremacista y de extrema derecha. [https://bit.ly/48Valoh]

09/09/2023

Artículo del filósofo francés Gilles Deleuze, sobre el pensamiento de Baruch Spinoza

21/07/2023

Lectura para esta noche:
El MIEDO.
Cuando los Vikingos Invadieron Francia en el 845, derrotaron con facilidad a todas las tropas que les envió el Rey Luis.

Como el ejército del Rey tenía una ventaja de 10 a 1, entre los Francos corrió el mito que los Vikingos no conocían el miedo.

-Claro que conocemos el miedo, dijo Ragnar, solo que no lo fomentamos.

El miedo lleva a la servidumbre, la obediencia y la esclavitud, que es un destino mucho peor que morir en batalla.

Nosotros no adoramos a un jefe, es uno más, elegido momentáneamente, discutimos todo en asambleas, y nuestras mujeres son libres.

Hace 6000 años los manipuladores descubrieron que el miedo servía para esclavizar a las personas, y comenzaron a fomentarlo.

Ni siquiera debía ser un miedo a algo tangible, es más, mejor que no lo fuese.

Tanto servía el miedo a un demonio, a un dios vengativo o a un universo perverso.

El miedo hizo que 150.000 egipcios agotaran sus vidas arrastrando piedras de 12 toneladas por el Sahara, para construir la Gran Pirámide.

¿Quién se los ordenaba?

Un Faraón, sus ministros y dos ARQUITECTOS.

NO más de 14 personas.

El miedo hizo que padres entregaran a sus hijas para ser quemadas por brujas, o a sus hijos para ser sacrificados en un altar, o en las trincheras de Verdún.

A veces hubo gente que no se sometió, en el año 1000 un grupo de jovenes de la Isla de Bora Bora se cansó de los sacrificios humanos que habían convertido el paraiso en un in****no.

- Si no les gusta, váyanse, desadaptados, les dijeron riendo.

¿A donde iban a ir?.

Pues cargaron un barco con comida y animales y se hicieron a la mar.

Los van a matar las tormentas, los tiburones, la sed, les gritaron.
Navegaron 22 días sin saber adonde iban, hasta encontrar unas islas deshabitadas a las que llamaron Hawaii.

Antes de bajar se prometieron que nunca más habrían sacrificios, que si alguien quería honrar un dios, que lo haga con flores.

Existe una gran diferencia entre el MIEDO y el TEMOR

El temor, es ese sentimiento que nos permite subsistir, es esa "alarma" que nos avisa de que tenemos que cuidarnos y muchas veces es el resultado de experiencias anteriores.

También nos permite cuidar nuestra vida, familia y pertenencias y es algo natural.

El MIEDO es ese sentimiento paralizante que te impide no sólo pensar o razonar, sino que te incapacita por el terror que sientes incluso en niveles muy altos, te inmoviliza hasta llevarte incluso a morir por la incapacidad que tienes de reaccionar.

Y es precisamente el miedo lo que históricamente nos ha causado tantas creencias limitantes en nuestra vida.

¡NO TENGAS MIEDO!
Nuestros niños y niñas - y los cachorros -, nacen sin miedo, el miedo es cultural

15/09/2022

En la Crítica de la razón práctica, Kant despliega su pensamiento moral: el Imperativo Categórico. Un argumento importante que vertebra toda la ética del autor.

Enorme actriz.
15/09/2022

Enorme actriz.

29/01/2018
09/12/2017

EFEMÉRIDES PARA NO PERDER LA MEMORIA
UN DÍA COMO HOY, DE 1824, SE LIBRA LA BATALLA DE AYACUCHO QUE PONE FIN AL DOMINIO IMPERIAL DE ESPAÑA EN NUESTRA AMÉRICA

Eduardo L. Colombres Mármol, en "La batalla de Ayacucho en la gestación de la Patria Grande", Universidad de Buenos Aires, 1974, págs. 12-28 dice lo siguiente:
"Como todo acontecimiento, también el que ahora conmemoramos tiene sus antecedentes, que forman el marco dentro del cual se desarrolla. (...)
La campaña libertadora, jalonada de triunfos y reveses, de optimismos y desalientos, pero siempre iluminada por la segura esperanza del éxito final, lleva ya bastantes años de penurias y desastres. Las tropas están diezmadas por luchas y enfermedades, y los pueblos, empobrecidos por sus dolorosas consecuencias.

Estamos en 1822. San Martín, siente el peso de su responsabilidad por tantos sufrimientos y angustias. Comprende que es necesario acelerar las operaciones y coronarlas, cuanto antes, con un triunfo definitivo. Se perfila así su futura cita con el Libertador del Norte.
Bolívar, por su parte, entusiasmado con los triunfos obtenidos por San Martín, ansía que llegue el momento de conocer, personalmente, al gran caudillo argentino, estrechar su mano y manifestarle su admiración, idéntica a la que siente éste, por él. Y el momento tan esperado llega al fin; cuando ambos jefes realizan su anhelada entrevista. (...)

Es sabido que el “misterio” de aquellas conversaciones quedó plenamente descifrado, con las cartas escritas por San Martín a Bolívar desde Lima, luego de la entrevista, y con las que escribió, después, a Miller en 1827 y a Castilla en 1848, mediante las cuales queda comprobada su tentativa de convencer a Bolívar, de que sólo la reunión de sus ejércitos podría igualar el poderío de los realistas, a fin de librar contra ellos la batalla final. Y que de no hacerse esto, la lucha se prolongaría por tiempo indefinido, causando la ruina de los pueblos. (...)
Desdichadamente, la lucha se extendió hasta Ayacucho y aún después de Ayacucho, es decir, hasta tres años y cuatro meses luego del retiro de San Martín, cuando el último y valiente español, el brigadier José Ramón Rodil, rindió la fortaleza de El Callao en 1826. (...)

Lo cierto es que, autoeliminado San Martín del teatro de la guerra, mediante un renunciamiento sin par en la historia, Bolívar penetró con su ejército en el Perú, un año después.
En el capítulo “Última fase de la guerra de la Independencia” del libro “The Liberators”, editado en Londres en 1969, dice la escritora inglesa Irene Nicholson, lo siguiente: “En los días del retiro de San Martín era vitalmente necesaria la unidad de los hispanoamericanos, porque los realistas todavía no estaban plenamente derrotados.
Después del encuentro de los dos Libertadores, Bolívar se vio forzado a una posición defensiva; y, a pesar de… que luego fue investido de la suprema autoridad militar de 1824, cuando pudo reorganizar el Ejército…
En esta ocasión, contaba con la asistencia del general Miller, que había prestado –hasta 1822- leales servicios a San Martín…”
Con todo, no era fácil la empresa y su victoriosa coronación, pues, los realistas dominaban a Lima y El Callao, puntos importantes que habían recuperado y mantenían como fortalezas inexpugnables. Se requería, pues, atraerlos hacia otros escenarios, bien alejados de aquella capital, así como de su puerto y también del Alto Perú, donde Olañeta comandaba fuerzas nada despreciables. (…)

En noviembre de 1824 se acercaba el final, y Bolívar creyó necesario dirigir unos sabios consejos a Sucre. Fueron los siguientes: “…es preciso tener una extraordinaria circunspección y sumo tino en las operaciones para no librar la batalla… sin tener una absoluta seguridad de un suceso victorioso… Hay que tener en cuenta –agrega- que el Genio de San Martín nos hace falta y sólo ahora comprendo por qué se dio el paso, para no entorpecer la libertad que con tanto sacrificio había conseguido para tres pueblos… Esa lección de táctica y de prudencia que nos ha legado este gran General –le dice finalmente Bolívar a Sucre- no la deje de tomar en cuenta V.S. para conseguir la victoria”.
Esta carta revela la hombría de bien del Libertador de Colombia y su nunca desmentida admiración por San Martín. Fue remitida a Sucre dos años después de la partida de San Martín del Perú, y un mes antes de la Batalla de Ayacucho. (…)
En aquellos momentos de negra incertidumbre, a nadie puede extrañar que Bolívar pensara en la capacidad organizadora de San Martín y sintiera la falta de colaboración que el genio militar del argentino podría prestarle. Porque no hay nada más poderoso que los reveses de la vida, ni más dura maestra que la fatalidad, para abatir a los grandes hombres y hacerles recordar a sus pares en la gloria. Y aquellas eran horas fatales para Bolívar. En medio de tan tremenda circunstancia, aproximábase la hora definitiva.

La llanura, que se extiende desde el pie del Condor Kanqui hasta el valle o pampa de Ayacucho, iba a ser el escenario donde, por última vez, chocarían en campo abierto los dos bandos que, durante catorce años de luchas heroicas, habían ensangrentado el suelo de la América del Sur.
El Virrey de La Serna consideraba inminente su victoria, pues había ya acorralado a Sucre en la hondonada, cuyas alturas dominaba en toda su extensión. Sus fuerzas ascendían a 9.300 hombres, frente a los 5.780 que componían el “Ejército Libertador”. De éstos, 4.500 eran colombianos, venezolanos y ecuatorianos, y 1.200, peruanos. Estos últimos estaban mandados, en parte, por jefes argentinos. Cabe citar entre ellos a José de Olavarría, a Juan Isidro Quesada, a José María Plaza, a Eustaquio Frías, a Juan F. Pedernera, a Francisco Aldao, a Román A. Deheza, a Juan Pringles y a Cecilio Lucero. Al frente de los Húsares de Junín estaba el coronel Manuel Isidoro Suárez y del Regimiento de Granaderos a Caballo de Buenos Aires, el coronel Alejo Bruix, quien comandaba los últimos ochenta, de los cuatro mil que cruzaron los Andes con San Martín.

Catorce generales españoles y un virrey, quien, por primera vez en la historia, se ponía a la cabeza de tropas combatientes, comandaban las fuerzas realistas formadas por oficiales españoles y reclutas peruanos.
Por haber actuado tanto generales, de un lado como de otro, la batalla de Ayacucho fue llamada también en América, “la batalla de los Generales”, (…).
Tan seguro estaba de La Serna del triunfo, que su principal preocupación en la víspera, fue distribuir armas a los indígenas e instruirlos para que no dejasen escapar ni a un solo fugitivo de las tropas patriotas, que ya imaginaba huyendo a la desbandada por los montes vecinos en la más aplastante derrota, porque pensaba liquidar allí mismo en Ayacucho, la última resistencia de los insurrectos.

Cumpliendo con la noble inclinación de las costumbres de la guerra caballeresca, los oficiales de ambos ejércitos, desataron sus espadas y fueron al terreno intermedio para conversar y despedirse antes de dar la batalla. Muchos de ellos eran amigos de otro tiempo y hasta hermanos carnales. Abrazáronse allá a la vista de los ejércitos, sin disimular sus lágrimas de ternura.
Poco después, bajó de la montaña, el general Juan Antonio Monet, el español arrogante y lujoso, peinada como a tornasol la barba castaña –como dice Leopoldo Lugones- para prevenir a Córdoba, el insurrecto, que va a empezar el combate.
Al amanecer del jueves 9 de diciembre de 1824, Sucre recorrió a caballo la línea del Ejército proclamando a los soldados, en alta voz: “De los esfuerzos de este día depende la suerte de la América del Sud”.
A las diez de la mañana los fuegos de las guerrillas y algunos cañonazos disparados de parte a parte dieron la primera señal del comienzo de las hostilidades.
Poco después se inició la sangrienta lucha, en la que había más que una opción: vencer o morir.

El Virrey de La Serna marchaba a pie, a la cabeza del centro de su ejército.
El encarnizado encuentro no tardó en producirse.
Favoreció –sin duda- a las armas republicanas la audacia el éxito del joven y valiente general colombiano, José María Córdoba, quien cargó sobre la división del general Gerónimo Valdez, la que fue destrozada, no obstante la tenaz resistencia opuesta.
Así fue cómo la balanza de la Providencia inclinó su fiel en favor de los que bregaron por una esperanza, que en ese momento parecía inalcanzable.

En algo más de tres horas de reñido combate, en el que hubo 2.110 mu***os entre ambos bandos, y en que surgieron heroísmos legendarios por igual, el general Sucre –con más de 2.000 prisioneros- era ya dueño de la más estupenda victoria, la más dudosa al iniciarse la contienda y la más ansiosamente esperada de todas las batallas de la independencia.
No debe sorprender que haya habido tantas bajas, por cuanto Ayacucho significa en lengua quechua: el “Rincón de los mu***os”, etimología que viene de la gran mortandad que hubo, en una batalla, cuando los incas conquistaron el país.
Terminó así esta guerra de casi todo un continente, que comenzó medio siglo atrás, cuando los norteamericanos iniciaron las hostilidades contra los ingleses en abril del año 1775. (…)

En la honrosa Capitulación, se estableció que los españoles que querían retornar a su patria, lo harían a expensas del Perú. Este compromiso se cumplió al pie de la letra. Todos los generales realistas optaron por embarcarse, no obstante que se les ofreció el mismo grado en el ejército peruano, actitud generosa opuesta al estigma de “guerra o muerte”

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

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