25/04/2024
En la semana del Libro y los Derechos de Autor, seguimos compartiendo lecturas, comentarios, poemas y más
Gracias a Talleres Literarios de Roberto Appratto, por este primer acercamiento a Mario Levrero.
LEVRERO
Hablar de Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) es hablar de uno de los escritores uruguayos más importantes de los últimos tiempos. Hay quien ha dicho, incluso (específicamente Elvio Eduardo Gandolfo) que es el más importante de la segunda mitad del siglo veinte. Narrador, también historietista, creador de crucigramas y enigmas en varias publicaciones del Río de la Plata, Levrero (cuyo verdadero nombre era Jorge Varlotta) no fue conocido hasta la publicación de La máquina de pensar en Gladys, una colección de relatos que incluye piezas deslumbrantes como Gelatina y La calle de los mendigos: a partir de allí se ganó un lugar en la narrativa uruguaya, afianzado con lo que él llamó su trilogía involuntaria (El lugar, La ciudad y París). Su manera de narrar era, fundamentalmente, una manera de escribir que rozaba la poesía por la vía del uso de los géneros (el policial, el fantástico) y del descubrimiento de un espacio personal, de descubrimiento, de experimentación permanente.
Sus búsquedas, emparentadas con las de Felisberto Hernández (1902-1964) consisten, por así decirlo, en la concreción de la fantasía. Toda esa zona de su producción, que siguió con Fauna, Desplazamientos, Espacios libres, la novela póstuma Burdeos 1972) revelan al lector un mundo hecho de iluminaciones, de intuiciones casi mágicas, pero afianzado por la seguridad y la nitidez de la escritura: quien lo lee entra en ese mundo en apariencia absurdo para comprobar, desde las primeras líneas, su verosimilitud, y convencerse de la posibilidad de generar significado por la sencilla vía de profundizar la mirada en los espacios creados. Eso es evidente en la “trilogía involuntaria”, que lo hizo conocido y respetado a lo largo del tiempo, pero también en todo lo que fue escribiendo, inventando, en los libros mencionados y otros.
Levrero ganó esa singularidad con el trabajo literario continuo, imparable, de más de cuatro décadas. Y también con la versatilidad de su obra, porque no solamente produjo obras de invención, de descubrimiento de zonas dentro de la realidad, sino intentos autobiográficos como Diario de un canalla, El discurso vacío ( para muchos, su obra mayor) y La novela luminosa, que contiene no solo dicha novela, hecha de delirios e iluminaciones, sino El diario de la beca (que esperaba ganar, precisamente, con La novela luminosa). En estos ejemplos hay otro Levrero y también el mismo. La misma precisión de su escritura se aplicó al registro de la vida cotidiana, al trabajo con las actividades, los eventos, las rutinas del día. La práctica se aplicó, entonces, a la conversión de la vida en texto, y a eso contribuyen la atención a los detalles, las minucias que componen su mundo en forma de paisajes, objetos, animales; la observación del lenguaje como instrumento para nombrar los vaivenes psíquicos que acompañan sus quehaceres; la certeza de esa magia que está en el mundo, tanto para producir disrupciones de los sentidos e inmersiones en una realidad paralela como para dar sentido a las vulgaridades de la vida común. Levrero se nutre de literatura, de la que confiesa, en esos diarios, que consume sin parar (como las novelitas del oeste o policiales, pero también Thomas Bernhard o Kafka) y toma de la literatura lo necesario como para crearla, siempre de manera personal en grados extremos. La mezcla de modelos culturales tal vez sea una de las claves de su singularidad, de su libertad en relación con las tradiciones de la literatura uruguaya: de su imposibilidad de dejar de escribir da testimonio en las notas que escribía en el suplemento Insomnia, de la revista Posdata, y que fueron recogidas en Irrupciones e Irrupciones II: ahí puede hablar de cualquier cosa, de los mosquitos, de un papel que encuentra por la calle, de la iluminación de las calles, sin la obligación de convertir esos escritos en cuentos ni en diarios: son lo que son, ejemplos de una práctica continua que no por eso se degrada ni deja de dar el ejemplo de alguien que se tomó siempre en serio lo que hacía.-