Amigos, estuve pensando en los comienzos. Uno no suele comenzar en la crianza del modo directo. Lo normal es que aparezca una mascota en casa de la que nos enamoramos al punto de saber que no podríamos estar sin uno así con nosotros. En mi caso, fue esta perra. Yo tenía unos 19 años cuando llegó a casa, y esta foto la muestra siete años más tarde, jugando con mi hijo. Cuando ella apareció en casa
yo estaba estudiando en la Universidad, y participaba activamente en la Rama de Karate-Do. Fui incluso parte del seleccionado que representó a la UCV en el Primer Campeonato Nacional en Concepción, y gastaba mis zapatos recorriendo calles para buscar financiación por medio de avisos para una revistilla informativa sobre esta arte marcial, que yo misma elaboraba y mandaba a imprimir en la Federación de Estudiantes, donde normalmente se encargaban de agregarle varias faltas de ortografía... Estaba absolutamente enamorada de esta disciplina, y por ello ella recibió el noble nombre de Katana. En casa no había otros perros, pero sí 20 gatos, la mayoría de los cuáles yo recogí de la calle y traje a casa bajo la paciencia ilimitada de mis padres con su hija única. Durante mucho tiempo Katana creyó realmente que era gata. Hasta estuvo semanas haciendo los más indecibles esfuerzos por trepar al árbol del patio. La ví de cachorra correr y lanzarse con todo el vuelo varios pasos arriba antes de caer, e intentar una y otra vez...
Era una perra maravillosa con un carácter increible. Fue mi confidente de juventud, la que me acompañaba callada cuando las cosas no salían bien, la que parecía reir dichosa cuando yo estaba feliz, la que se quedaba dormida a mi lado en mis noches estudiando, la que cuando la paseaba por un camino de campo llamó la atención del muchacho desconocido que luego fue mi marido, la mejor y más paciente compañera de juegos de nuestro hijo, la leal compañera de mi madre. No era una hembra de show, pero era una verdadera gran danesa, con ese corazón que sólo ellos tienen. Ella fue la causa de todo. Por ella comencé.