02/06/2026
Antes de ellas, en la ciudad nadie hablaba de magia. En Rumania, las noches descendían con un olor persistente: ciruelas maduras abriéndose en la oscuridad. El aire entraba por las ventanas y se apoyaba – sin pedir permiso– sobre la madera, la ropa, los cuerpos dormidos. Las cortinas apenas se movían, cargadas de humedad. En algún lugar, un animal removía la tierra con paciencia. Nada se desplazaba con urgencia. Incluso el tiempo tendía a fermentarse.
Ruxandra caminaba sin hacer ruido. Desde hacía días llevaba en la garganta una sed que no se parecía a ninguna otra. No era sequedad: era una insistencia aún doliente. Probó el agua, la fruta, el aire del huerto. Dejó que el jugo de las ciruelas chorreara por la lengua. Nada alcanzaba. La oscuridad escuchaba sin otorgar respuesta.
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Diego Rossi en
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