23/11/2025
Hermosa Lectura: RECOMENDADA
En la escuela de la vida, nadie te pregunta si quieres matricularte. Basta con nacer y ya estás matriculado. No hay uniformes ni pupitres asignados. Y el curso escolar, nunca termina.
Lo curioso es que, en esta escuela, somos alumnos y profesores. Pero el gran maestro es el tiempo: ese profesor exigente, paciente y a veces severo.
No avisa de los exámenes. Un día te despiertas y ahí está el examen en el pupitre. Y si no has estudiado, no tiene sentido pedir un nuevo examen.
Algunas materias son fáciles: el amor, la amistad, la alegría. Otras requieren más esfuerzo: la paciencia, la tolerancia, el perdón. También hay materias que preferiríamos no cursar: el dolor, la pérdida, la soledad.
Pero es a través de ellas que el aprendizaje se profundiza.
El director de la escuela (a quien muchos llamamos Dios) tiene una forma muy particular de preparar las clases.
A veces enseña desde el cariño; otras, desde la dificultad. Y así acumulamos calificaciones, sin una boleta impresa, pero con un registro invisible en nuestros corazones.
En el conflicto, aprendemos a valorar la paz. En la escasez, descubrimos lo suficiente. Al presenciar la injusticia, practicamos la empatía. Y en la vida diaria, aprendemos el difícil arte de amar al prójimo, una lección que algunos repiten durante años sin llegar a dominarla.
En esta escuela no hay vacaciones. No suena la campana para terminar el día. Cada día es una nueva lección. Y quizás el diploma final sea la serenidad de mirar atrás y decir:
*Aprendí. Cometí errores, pero aprendí. Viví la lección hasta el último capítulo.
Me enviaron este artículo y me gustó mucho así que te lo comparto.🤗😇🙏🏻 ❤️🍀