10/07/2018
Nuestros intentos por dominar o poseer a los demás son continuos. Todos nuestros proyectos de acción, los que aportan sentido a nuestras vidas, están poblados de otros en forma de objeto o de persona a los que yo resitúo en el marco de mis deseos, y los deformo para que tomen la forma y la función necesaria para que mis planes cuadren, para que mis cosas vayan tal como yo las deseo. Es mi deseo el que les informa, el que ordena el mundo e introduce a los demás en un mundo ordenado que ellos no han concebido, ni desean, ni comprenden. Ellos están en sus pequeños mundos de proyectos vitales, y yo les arranco de allí para que vengan a adornar o a poblar la ilusión de mi pequeño mundo egocéntrico, meros figurantes, actores secundarios en el mejor de los casos. Peor aún, para que mi mundo no caiga, debo esforzarme para que ellos se mantengan en los márgenes de mi fantasía, debo anticiparme a sus movimientos propios, evitar que huyan o se despisten, debo controlar sus pasos, aprobar su comportamiento, dominar la situación, porque, sencillamente, cuando ellos escapan, ya no queda situación, ni proyecto, ni sentido de la vida para mí.
Nuestros intentos por dominar o poseer a los demás son continuos. Todos nuestros proyectos de acción, los que aportan sentido a nuestras vi...