06/10/2026
Vivimos en un mundo herido por guerras, desplazamientos forzosos, desigualdades crecientes, deterioro democrático, crisis ecológica y soledades profundas. No podemos inaugurar un curso universitario como si nada de esto interpelara a nuestras aulas, facultades, grupos de investigación, servicios, y órganos de dirección y gobierno. Junto a esas heridas visibles hay otra, más silenciosa, que afecta directamente a la misión universitaria tal y como la entiende la Compañía y, con ella, la Iglesia: vivimos una crisis del conocimiento.
Por una parte, el conocimiento es despreciado. La verdad se vuelve sospechosa o irrelevante; los hechos se subordinan a emociones primarias; la mentira se convierte en un instrumento de manipulación social y política; la desinformación circula a una velocidad que supera la capacidad de deliberación; el pensamiento complejo se ve reemplazado por consignas simples. La universidad se encuentra entonces ante una tarea insustituible: custodiar el respeto por los hechos, formar en el rigor de la argumentación, enseñar a distinguir entre evidencia y opinión, y sostener la paciencia intelectual que exige comprender aquello que no se deja reducir a un titular ni a una reacción inmediata.