21/08/2024
El debate de hoy de estos dos autores en El país sobre si es posible separar a los autores de su obra me parece interesante.
La forma en que vemos una novela, un filme o una pieza musical, a menudo queda comprometida por revelaciones sobre la vida privada del creador. ¿El arte tiene valor por sí solo o hay que tener en cuenta el comportamiento de quien lo firma?
La ideología puede impedir que disfrutemos del arte CARMEN DOMINGO
Consumir cultura desde el corazón y la cabeza ALEJANDRO PALOMAS
La muerte de Alain Delon y los comentarios sobre su ideología —votante del Frente Nacional y declarado homófobo— han abierto de nuevo el debate so-
bre la diferenciación entre el artista y su obra. Si me planteara si debemos leer a Flaubert, Wilde o Baudelaire, el primero acusado por elogiar el adulterio, el segundo juzgado por su homosexualidad, y el terce- ro, por algunos de sus poemas de Las flores del mal, seguramente dirían de mí, siendo suaves, que soy una reaccionaria. La cosa cambiaría, si mi planteamiento hiciera refe- rencia a Roman Polanski, Michael Jackson, Richard Wagner, Martin Heidegger o Pablo Ruiz Picasso. Ahí seguro que encontraría más consenso, que abogaría por aplicarles la tan manida cultura de la cancelación. Qui- zás hago trampa: mientras los primeros no atentaron, físicamente se entiende, contra nadie, los segundos sí: antisemitismo, vio- lencia machista... Pero no es menos cierto que los últimos, en su época, no tuvieron la misma consideración que analizados con ojos actuales. En definitiva, la moral de la época determina las formas de condena.
¿Juzgamos al autor con los ojos del mo- mento en el que vivió o con ojos contem- poráneos? ¿Aplicamos sanciones morales con carácter retroactivo? ¿Debemos creer que las obras —magistrales— deben inva- lidarse porque su autor sea un ser despre- ciable? Dicho de otro modo: ¿la vida del autor desautoriza su obra? Es cierto que las relaciones entre autor y obra son es- trechas, pero no lo es menos que no poda- mos juzgar a los creadores por sus vidas, sino por sus obras. Imaginar un mundo de la creación construido por “personas de bien” no solo es ingenuo, sino, diría, inclu- so nefasto para la creación. La ética, como la ideología, no son garantía de calidad es- tética. Ni que decir tiene que, de otro mo- do, tendríamos un mundo lleno de genios.
¿Debemos, pues, separar la obra de su autor? ¿Nos sentimos intranquilos si apre- ciamos, disfrutamos o valoramos la obra de alguien en las antípodas de nuestro pensamiento? ¿Viviríamos en un mundo mejor si no disfrutáramos del Guernica o si no volviéramos a visionar alguna película de Polanski o Delon? En cualquiera de esos ejemplos, las obras no pueden desligarse ni de su contexto ni de su autor. De hacerlo, incluso podríamos llegar a no entenderlas. Esa interpretación nos hace reconocer que en ese momento el mundo era racistaO, an- tisemita o sexista y era tolerable.
En pleno siglo XXI, el análisis no se que- da en lo contemporáneo, sino que revisa el pasado con ojos de hoy, y una tiene la sensa- ción de que se quiere forzar una reescritura que —espero que de forma involuntaria— nos acerca a aplicar la voluntad autoritaria que se ha criticado antes. Pero la censura y las cancelaciones —históricamente a*o- ciadas a la derecha y que ahora surgen en sectores llamémosles progresistas— no re- suelven ni la violencia, ni el machismo, ni el antisemitismo, ni el racismo, ni la pedofilia.
¿Podemos entonces imaginar un mun- do futuro en el que estuviese sancionado socialmente o incluso fuera delito algo que hoy hacemos con regularidad? ¿Sería- mos nosotros despreciables en ese futuro y nuestra obra, repudiable? ¿Qué debemos hacer, pues, con esas obras realizadas por personas que no comulgan con nuestras ideas, o que han cometido delitos según la ley actual? La respuesta a si nos acerca- mosaella*ono,nopuedesersolounsío un no. Aceptemos que la identificación de la obra con el autor jamás es completa (a veces se tiene intención de hacer una cosa y se acaba haciendo otra, o se quiere trans- mitir una idea y la recepción es la contra- ria). Quizás lo más sensato sería asumir, co- nocer y explicar la trayectoria de cada uno de los autores y que, sabido eso, se disfru- tara sin más de la obra. Y ahora sí, asuma- mos que John Lennon confesó que pegaba a su mujer, que Lou Reed fue acusado de antisemitismo y racismo, que la relación de Picasso con las mujeres recomendaría no tenerlo como pareja, que Hemingway no parece la mejor de las compañías una noche de fiesta o que Alain Delon era ho- mófobo y machista.
Llegados a este punto, y, conocedores de su vida, disfrutemos de las obras que ayudaron, de un modo u otro, a avanzar a la humanidad. Al menos yo seguiré disfrutan- do de un cuadro de Picasso, de una novela de Hemingway y de una película de Delon.
Carmen Domingo es escritora, autora de Cancelado (Círculo de Tiza).
RIKI BLANCO
Intentaré no hablar en estas líneas del ca*o de Alice Munro ni de su negro mapa familiar. Procuraré también no hacerlo tampoco como escritor, si- no como un consumidor de cultura
—¿debería quizá decir usuario?— que des- de hace tiempo no deja de pensar en si es conveniente separar al artista de su obra o si, por el contrario, lo que la mano crea es la extensión de la propia mano y, por tan- to, de la sangre que alimenta su creación.
Hace unos meses, un gran amigo tra- bajó a las órdenes directas de una genio de la dirección teatral, una creadora alta- mente “admirada y respetada” en la pro- fesión. Seguí el proceso de ensayos muy de cerca —pude incluso estar presente en un par de ellos— y vi el in****no en el que aquel teatro se convertía bajo la batuta de una persona que dirigía —y sigue hacién- dolo— a base de castigar y humillar a sus actores y a su equipo, poniendo especial foco e interés en su ayudante de dirección, mi amigo. Conozco bien a A., y bregado co- mo está en el manejo de caracteres difíci- les (así lo expresa él en su bondad: “carac- teres difíciles”, dijo), mantuvo la entereza y su inexplicable capacidad conciliadora du- rante todo el proceso hasta sacar lo mejor de aquel tótem de carencias e insegurida- des desbocadas que dirigía la obra.
Desde que ella entraba a la sala, la ten- sión era casi sólida. Todo y todos —espe- cialmente los técnicos— dependían del in- descifrable laberinto diario de cambios de humor, ataques de ira y arrepentimiento poco creíble que gobernaba el barco. La
obra, cuando por fin se estrenó, fue un éxi- to. Rotundo. Prácticamente nadie sabe del fango y del sufrimiento humano sobre el que reposa la genialidad que vertebra ese espectáculo. No es mi ca*o. A día de hoy, soy el único de mi entorno que no lo ha visto ni lo verá ya. Ellos no se lo explican y yo me debato entre dos aguas: por un lado, la cabeza me dice que la información pri- vada de la que dispongo sobre su directo- ra no debería interferir en mi disfrute de la obra; por el otro, el corazón sigue im- pregnado de lo que sentí viéndola brillar sobre su equipo a base de insultos, burlas y maltrato, y la llaga persiste todavía hoy.
La pregunta es: ¿aplaudir la obra de una artista como ella es validar a la artis- ta o solo a su obra? ¿Podemos desligar el proceso creativo de su resultado? ¿Debe- mos? Y si lo hacemos, ¿estaríamos censu- rando, enjuiciando? ¿Qué ganamos? ¿Qué perdemos? “Los artistas... ya se sabe”.
Varios de los colegas con los que consul- té mi duda me ofrecieron esta respuesta, y el que escribe —que ya no es el usuario de cultura, sino sobre todo el artista— confie- sa que ese paraguas de cinco palabras es nuestra propia condena y vergüenza por- que nos incluye en ese feo s**o de “lo que no vemos no existe”. Ser artista no exime de nada. Los hay que son personas ma- ravillosas, y otros, auténticos monstruos —y conozco a varios—, pero eso de “ya se sabe” no puede ni debe representarnos.
Los artistas somos lo que hacemos. Somos nuestra obra, nos guste o no, que- ramos o no. Ahí no hay elección. Somos aquello que compartimos con quien nos lee, con quien viene a vernos al teatro, con quien disfruta de nuestros conciertos. Y ojalá no fuera así, pero el arte tiene eso, esa verdad que no puede desgajarse de quien la crea ni de quien la recibe. Hay una co- munión demasiado íntima, demasiada vul- nerabilidad expuesta en el acto de abrir las puertas de tu emocionalidad a otro ser humano que pide tu confianza. Porque sin confianza no hay disfrute, no hay arte.
Mi cabeza me riñe con esa voz pater- nal que conozco bien y me repite el tan manido: “Si todos pensáramos como tú, no habríamos tenido a Picasso, Gauguin, Von Trier, Alice Munro y ristra de artistas —cito solo a mu***os, no vaya a ser...— sin par”. Seguramente mi cabeza tenga razón. Aun así, desafortunadamente para aque- llos grandes “genios” de la humanidad que olvidaron plantar flores en vez de cadáve- res a su pa*o, cuando creo y consumo arte, lo hago con el plexo, buscando un atisbo de comunión sincero con la verdad del otro.
El corazón me dice que, por mucho que la garra del genio me ofrezca una obra sin igual, no deja de ser una garra, y lo que yo quiero de un artista es su ma- no. Al final, nada hay más genial en un artista que su generosidad. O que su bon- dad. De maldad andamos sobrados.
Alejandro Palomas es escritor, autor de Esto no se dice.