11/08/2026
Cada vez es menos frecuente entrar en una casa donde haya imágenes devocionales en el zaguán, el pasillo o el cabecero de una cama. Si acaso, se pueden encontrar en el almanaque de la cocina, en una estampita en la esquina de un marco o bajo el cristal de una mesa. Lejos de la tecnología y demás objetos supuestamente funcionales que ahora inundan nuestros hogares, y siendo Jaén una provincia fundamentalmente rural, hubo un tiempo no muy lejano en el que era bastante habitual que las casas estuviesen repletas de estampas, fotografías u otras formas de representación de las devociones de las personas que habitaban en ellas. En el caso de la capital, destacaron la Virgen de la Capilla, Nuestro Padre Jesús Nazareno y el Santo Rostro, siendo este último el que gozaba de una mayor tradición.
La presencia de la Santa Faz en los hogares giennenses fue muy notable entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad de la centuria siguiente. Este marco cronológico coincide con las décadas posteriores a las limitaciones de contacto con la reliquia original impuestas por el obispo Rodrigo Marín Rubio (1714-1732), que comportó la multiplicación de las llamadas “verónicas”, las copias del Santo Rostro, realizadas en numerosas técnicas y soportes. De ser pasadas por la verdadera imagen de Cristo, les transmitía su carácter milagroso y protector. Los protocolos notariales y, específicamente, las dotes, los inventarios y los testamentos de este periodo, no nos suelen decir dónde estaban ubicadas, pero algunos de estos documentos sí que aparecen ordenados por salas. Aunque no en todos se incluye el Santo Rostro, lo que parece estar claro es que las imágenes devocionales estaban presentes prácticamente en todas estancias. Si bien, por concretar un poco más, en las casas más pudientes tendrían un sitio reservado en los oratorios privados, mientras que, de forma generalizada, como relató Émile Bégin en 1852: “no hay ni un solo dormitorio que no exhiba su venerable imagen”.