18/06/2021
Las respuestas a las razones de la migración son multiformes. En nuestras realidades más cercanas, por inquietud, deseo, crecimiento y ese algo, a veces inexplicable, que te llama y respondes sin saber ni dónde, ni cuándo , ni con quién. Solo empacas lo más indispensable, los recuerdos que parecieran mantener tangibles los momentos, y "volás".
Después, en algunos casos, como el mío. Regresas en dónde tu sangre está y en la tierra donde las raíces se afianzan más fuertes y seguras. Siendo la misma, pero distinta, con las alas más usadas, más blancas, y con la vista más extendida a horizontes que no se veían.
Pero hay otras realidades, menos expuestas, con las que te encuentras a lado suyo, y si no es ahí, no será, porque ni las redes sociales ni los medios masivos lograrán vincularse con ellos, ellas y sus historias como de humano a humano, con las mismas necesidades, mismos deseos, pero contextos distintos, pérdidas distintas, amenazas y oportunidades distintas. Adaptándose a una muda de ropa, soportando las hostilidades del violento gobierno, y las amenazas que depositan en su mente la deriva como única alternativa. Y dejando la tierra dónde quedó solo polvo y en algunos casos inclusive, depositando en una balsa, no solo a su hijo/a si no toda su esperanza, toda su fe, toda su cordura, que a la vista corta se quedará en un juicio.
Cuando te encuentres con un migrante, dale un regalo, porque Jesús llegó de otra Tierra. Comparte una palabra con el/ella, porque Agar fue lo único que recibió en el desierto al ver que su hijo iba a morir. Y de estos dos, de Jesús y de Ismael, vemos hasta hoy, la historia de un desplazamiento forzado, pero con rumbo y en las manos de Dios.