13/12/2025
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No todas las mujeres que han enfrentado violencia en la academia se reconocen a sí mismas como víctimas. La distancia entre vivir una experiencia y nombrarla parece estar marcada por algo más que los hechos en sí.
Un estudio reciente, construido a partir de más de cien testimonios de mujeres de México y otros países de Latinoamérica, intenta comprender esa brecha. Carolina Espinosa Luna y Consuelo Corradi, las autoras, escucharon relatos que iban desde el acoso y el menosprecio hasta el plagio y la obstrucción profesional. Lo llamativo fue que, aunque todas describían situaciones de maltrato, no todas llegaban a usar la palabra “víctima” para definirse.
Quizás la razón no esté tanto en lo que ocurrió, sino en lo que vino después. Muchas de esas mujeres necesitaron que alguien desde fuera, un terapeuta, una amiga, un taller sobre género, les señalara lo vivido y les dijera, con otras palabras: esto tiene un nombre. En ciertos casos, fue la misma convocatoria de la investigación la que les ofreció ese espejo.
Otro factor es el lugar donde todo esto sucede. Las instituciones académicas suelen tener jerarquías muy rígidas. Cuando alguien habla, a veces encuentra un silencio incómodo, canales que no conducen a ningún lado, o incluso una cierta expectativa de que se aguante, como si el maltrato fuera un rito de paso. En ese escenario, nombrarse víctima puede sentirse como una batalla contra algo más grande que una sola persona.
También importa quién está alrededor. Quienes cuentan con redes de apoyo, gente que escucha, colegas que acompañan, tienden a sentir que tienen un terreno más firme desde el cual responder. En cambio, cuando falta ese sostén, la experiencia se puede volver más solitaria, más pesada, y la identidad de víctima puede adherirse con más fuerza.
Las investigadoras describen varios hilos que tejen esa autopercepción, cómo se ubica cada mujer frente al poder, si siente que tiene margen para moverse, cuánto tiempo se extendió el maltrato, cómo maneja la culpa y qué huella emocional le quedó. Nada de esto es estático. Una puede no sentirse víctima hoy, y quizá mañana sí, o al revés. Depende de los recursos, de las palabras que va encontrando, de las manos que la sostienen.
El estudio invita a mirar con cuidado las políticas institucionales que parten de una idea muy concreta de lo que es una víctima: alguien pasivo, dañado, sin agencia. Esa imagen plana no alcanza para contener las distintas formas en que las mujeres atraviesan, procesan y resisten la violencia. Si las instituciones solo esperan un relato de dolor, pueden estar perdiendo de vista todo lo demás: la capacidad de agencia, los modos sutiles de enfrentar lo vivido, la posibilidad de reparaciones que no exijan un molde prefijado.
Si en tu espacio académico te preguntaran si has vivido violencia, ¿qué responderías? Y si te ofrecieran ayuda, ¿qué esperarías que vieran en ti la huella de lo que pasó, o la fuerza con la que lo estás enfrentando?
Espinosa Luna, C. y Corradi, C. (2025). Mediaciones entre la violencia académica contra mujeres y su autopercepción como víctimas. Estudios Sociológicos de El Colegio de México, 43, 1-25.