15/05/2026
Entre el homenaje y la precarización de los profesores ¡felicidades por su día! 👏🎊🎉
Opinión
Pedro David Ordaz
Hoy es 15 de mayo y, como cada año, las autoridades de todos los niveles se desviven en felicitaciones, discursos institucionales y reconocimientos solemnes al trabajo docente. Las redes sociales de nuestras escuelas se llenan de mensajes emotivos, videos cuidadosamente producidos donde se exalta la “noble labor” del maestro.
Pero guardan silencio en lo fundamental: la historia del magisterio mexicano es la historia de la precarización, de los salarios insuficientes, de los interinatos de 15 años, de la incertidumbre laboral y de una estructura sindical subordinada al poder patronal.
Tal vez, por eso la figura del docente mexicano continúa romantizándose en la narrativa religiosa del apostolado. Se espera que el maestro trabaje por vocación, resista por compromiso moral, soporte las carencias materiales, las difamaciones y las faltas de respeto de todos los actores educativos en nombre de una supuesta misión superior.
En esta semana pudimos observar como los boletines institucionales —llamados pomposamente “newsletters”, porque incluso el lenguaje universitario parece obsesionado con simular modernidad— omiten que las conquistas laborales de los docentes no fueron concesiones espontáneas de las autoridades, sino resultado de la organización y la participación colectiva de generaciones enteras.
Y de esta manera, los maestros pocas veces nos detenemos a volver la mirada a la historia detrás de la figura del profesor mexicano.
Por ello, me atrevo a decir que la educación pública no se construyó en planes detrás de un escritorio; sino que se edificó en medio de conflictos sociales, disputas ideológicas y luchas laborales.
En las décadas posteriores a la Revolución Mexicana, caciques y fanáticos religiosos, regularmente de la derecha amenazaron, persiguieron y, en el peor de los casos, asesinaron a maestros por impulsar la alfabetización y la organización comunitaria. Los descalificaban llamándolos “laicos” o “comunistas.
En aquella época los maestros eran conscientes de que su papel no sólo era enseñar a leer y escribir, sino que disputaban una idea, un proyecto de nación.
Hoy esa memoria histórica resulta incómoda porque la geopolítica busca aglutinar al mundo en dos polos: en una derecha radical que paradójicamente destruye las libertades calificándose a sí mismos como libertarios y el otro en un proyecto de soberanía, pero aceptando que deben darse transformaciones. Y que las contradicciones que hoy vivimos son producto de un sistema que está acabando con el mundo.
Por eso escribo estas líneas, para recuperar esa memoria. Para situarnos en nuestra propia experiencia y señalar que en la década de los setenta, cuando el CCH nació, había una visión crítica, humanista y social. “Aprender a aprender”, “aprender a hacer” y “aprender a ser” no eran consignas pedagógicas vacías de la burocracia institucional. Era la filosofía de un proyecto educativo revolucionario que colocaba al estudiante como sujeto activo y al profesor como actor central de transformación cultural.
Hoy para nuestra mala fortuna, el trabajo docente enfrenta nuevas formas de desgaste: sobrecarga administrativa, simulación institucional, digitalización improvisada, modalidades híbridas sin suficiente reflexión pedagógica y formas cada vez más normalizadas de precarización académica.
Por eso vale la pena preguntarnos qué significa ser profesor universitario en el siglo XXI.
Recordar la historia del magisterio no es un ejercicio de nostalgia: es reconocer que la educación pública y los derechos laborales nunca fueron regalos institucionales, sino conquistas colectivas.
Así que mientras cada docente hace su reflexión, aprovecho para felicitar a todos los colegas, sobre todo aquellas y aquellos que sueñan con un mundo más justo, mejor, más humano.