04/03/2024
Me devolvieron un libro. No sé si alegrarme o llorar. Alegrarme quizás porque no se cumplió esa frase: “Quién presta un libro es un tonto, más tonto quien lo devuelve”, que es lema de todo ladrón de libros y que sinvergüenza predican para no adquirirlos con sus propios peculios. Llorar por las condiciones físicas en que lo devolvieron, el pobre esta maltrecho (observen la foto) como si le hubieran propinado una golpiza, lo han dejado ajado. Después dicen porque no presta sus libros. Esta es una de esas razones.
Uno compra libros por la felicidad que te dan sus autores. Saborear sus imágenes verbales o iconográficas. Saber que hay quienes pueden guiar tu vida con sabias enseñanzas, no siempre puedes oír a Un Álvaro Villavicencio o un Pajuelo Frías. Otros libros te provocan sonrisas igualmente aleccionadoras, un Quino por ejemplo.
Luego, buscas un espacio en los estantes para saber que están allí, y cuando tengas un apremio espiritual, ellos -los libros- rápido te socorran, como un médico cuando estas enfermo.
Algunos libros de los estantes, también te acompañarán durante la vejez -si se llega- para alegrarte tus tardes y madrugadas. La lectura es como los rezos matutinos de nuestros abuelos.
Otros libros auxilian cuando debo referirme a algún personaje trascendente y cuando adolezco de esa información mejor calló; simplemente no fui cuidadoso en conservar sus textos.
Hay aquellos que te solicitan volver una y otra vez a releerlos, por su fuerte y contundente belleza, a Bataillón, Rulfo, Borges, Moreno Fraginals, Macera, Pajuelo Frías… No importa de donde son sus autores ni de que especialidad, los cuido y difícilmente me desprendo de ellos, yo que vendí varias bibliotecas colosales (una de 5000 volúmenes), porque una biblioteca también es un pasivo económico, un ahorro, que cuando tienes malas finanzas se transforma en un activo. Es cierto, también soy un fenicio de los libros, pero de mis libros, de esos que con esfuerzos adquirí. Por allí, en Cerro hay quienes nunca gozaron de una biblioteca y sonríen con falsas verdades incriminándome que vendí mi biblioteca paterna. Aún conservó libros que son posesión familiar desde mi bisabuelo Pedro Sandoval.
En esta época de eBook, aún busco libros físicos para acariciar su formato, el tipo de letras, las imágenes, su olor, tal vez, más embriagantes que una dama… Reservarlos en mi biblioteca, que no es una biblioteca pública, con sellos horribles y tarjetas rígidas. Sólo es una simple biblioteca personal.
Acabo de poner un letrero: “No se presta libros”, como los letreros de las viejas bodegas que sentenciaban: “Sí por fiar tengo amigos y los pierdo por cobrar, para evitar enemigos, lo mejor es no fiar”. Así no tendré nuevamente que alegrarme o llorar.