17/02/2021
RELATO FINALISTA 3. CURSO 20/21
Un Inventor solitario intenta crear una máquina maravillosa, que se parecerá a un ser humano en todos los sentidos, incluso el corazón. Pero no es un trabajo tan fácil: un corazón que siente no se puede construir de partes artificiales. Su frustración con la obra lo lleva desde la curiosidad y motivación hasta el odio y desdén… De verdad, La Máquina sabe más de lo que él considera, pero él Inventor nunca pensó preguntarle.
Es historia de cómo nos afectamos a otros, aunque a veces pensamos que nuestro comportamiento no debería importar a nadie; y como aunque algunos a nos parecen intocables y lejanos, reciben unos golpes más fuertes que nos dejarían percibir.
La soledad de los engranajes
El inventor suspiró con cansancio y se levantó. Su obra casi estaba completada, y lo único que necesitaba era un corazón. Por su complejidad no podía acabar el trabajo hoy, como el sol ya se estaba poniendo, y no se podía juguetear con las partes tan pequeñas en la luz de los candiles. Estiró sus brazos sobre su cabeza, y con un gruñido, también su espalda, rígida por las horas pasadas en la misma posición. El tiempo en su taller pasaba independientemente para él cuando trabajaba; y él existía fuera de él, haciendo lo suyo sin percibir el mundo alrededor. Y ahora también, aunque sus amigos a esta hora salían para quedarse unos con otros, o pasarlo bien en un bar u otra cafetería, él estaba preparándose para dormir. No quería perder ni un rayo de la luz de la mañana, y como era verano, tenía que levantarse temprano.
No podía saber que su máquina ya tenía su propia razón. Desde el primer momento en que la electricidad pasó por su cuerpo, desde los dedos de los pies hasta el cerebro de latón, tenía la capacidad de Percibir. Y percibir era lo que hacía, aunque pasivamente, observando sus alrededores,
Solo era una máquina, y no tenía años de formación como niños y niñas y otras criaturas, los que irían a la escuela, y serían regañados por sus padres y elogiados por varios Señores y Señoras en las calles. Lo que tenía era solo su obsequio de la mirada cuidadosa.
Podía ver que tenía Partes; miembros largos y cortos, y un estómago, o algo similar, aunque largamente vacío. Los mismos tenía el Otro, el que le estaba construyendo el cuerpo, charlando a sí mismo como a un compañero, comentando el proceso y a veces quejándose a algo que no funcionaba; la Máquina lo escuchaba y inscribía en su mente artificial, aprendiendo, recordándolo todo.
Sabía que el Inventor tenía un Nombre, que sonaba a veces cuando le visitaban personas nuevas y le daban la mano, e inmediatamente después dejaban de escucharlo, prefiriendo observar sus trabajos y deducir quienes les van a traer el mayor beneficio. Visitaban a menudo, y al Inventor no le gustaba mucho, pero desgraciadamente necesitaba Dinero, otra cosa misteriosa de la que se hablaba en este espacio.
Le daba mucha pena que no podía interferir, ponerse entre el Inventor y los otros, y protegerlo de esta incomodidad; porque la Máquina sabía cómo era él. Sabía que quería más que vender y ganar. Pero los otros no pasaban tanto tiempo con él, no podían saber esta cosa tan simple. Tan simple que un cerebro de latón lo podía entender.
Por dentro
¨¿Y por qué lo hago?¨
El inventor se sentó en el suelo, con cabeza baja. Estaba silencioso, aunque en su mente los pensamientos circulaban como el viento entre edificios.
¨¿Para qué? ¿Por el dinero? No, no lo quiero… No lo necesito. No necesito nada. ¿Pues? ¿Qué pasa conmigo? No puedo parar, no puedo, mis manos trabajan por sí mismas, hacen lo que quieran y yo no tengo nada que decir...¨
Suspiró otra vez. Y una más, con ojos cerrados, levantando su cabeza solo para apoyarla contra la pared.
¨No me queda nada… Es como si estuviera llamándome, de alguna manera, aunque no tiene ni voz, ni alma… Pero me llama, con sus ojos, estos ojos, yo los hice de vidrio colorado, pero son como vivos, como si me estaban observando...¨
Y giró su cabeza para echar un vistazo a esta criatura de metal con sus ojos tan brillantes, de color azul celeste, azul claro como acianos jóvenes, y se dió cuenta de que, si estuviera hablando en ese momento preciso, se quedaría sin palabras. No tenía ni una sola idea de cómo a alguien le pueden captar sus propias creaciones.
¨Seguramente estoy perdiendo mi cordura… Estoy demasiado confiado y es todo, no es como, he hecho algo maravilloso, nadie de mis visitantes pensaba que valdría la pena hacerle caso a esta máquina. Solo yo. Solo estoy yo.¨
Y esta reflexión le hizo sentirse tan solo, tan solitario dentro de la habitación, de las cuatro paredes de su taller, entre cajas y estanterías y partes y papeles sueltos. Entre sus ideas y sueños abandonados, tan abandonados como estaba él.
¿O quizás estaba proyectando sus miedos y temores a lo que verdaderamente no era nada? ¿A las cosas cotidianas sin mayor sentido? Esto era cada vez más probable con cada momento que pasaba. Al final no sabía nada más que al principio.
El inventor se acurrucó, temblando por la fuerza de la realización de que no tenía sentido nada en que trabajaba. Escondió su cabeza en sus brazos y empezó a llorar.
La manera de ser
El inventor se llamaba Markus. Tenía la piel oscura y los ojos de dos colores diferentes. Y tenía sueños, los tenía también, aunque en estos tiempos resultaba difícil hacerlos volverse reales.
Trabajaba solo, sin nadie acompañando, desde cuando recordaba. No conocía a sus padres o ninguna familia, solo a un señor viejecito que le cuidaba cuando era un adolescente, pero ahora él también solo era historia.
Y desde cuando recordaba, quería crear, quería mostrar maravillas a la gente, quería hacerlos pensar: ¡y yo también podría imaginar cosas así! Pero ahora, después de algunos meses y años, sabía que la gente prefería la dura realidad a los dulces sueños. Los últimos nunca hicieron ricos a nadie, y era la riqueza lo que la gente buscaba.
Todo pareció cambiar cuando había empezado a trabajar en esta máquina grande, humanoide, su proyecto más ambicioso desde siempre. Decía a toda la gente que quería crear vida. Lo que no explicaba era la razón: se estaba sintiendo solitario. Qué idea: crearse un amigo en lugar de hacerse uno para alguien. Markus siempre prefería las soluciones ambiciosas, incluso (o especialmente) si eran más difíciles.
A el inventor no le gustaba mucho la sociedad de sus tiempos. Algo en ellos le parecía sucio, estropeado de una manera u otra, a tal grado que no veía ni un trozo de esperanza para ellos. ¿Por qué preocuparse de algo que no se podía recuperar ni arreglar? ¿No sería mejor empezar de nuevo?
Eso era lo que hacía todo el tiempo, cada día sin falta, trabajando en este cuerpo mecánico entre sus pedidos regulares. La gente siempre tenía cosas para ajustar, instrumentos delicados para reparar, o interés en sus trabajos. El inventor tenía mano artista, y talento en bruto.
Era un jueves, cerca de medianoche, cuando empezó a llorar la primera vez en años. Estaba sentado en frente de su máquina maravillosa, a la que no le faltaba nada excepto por algunos detalles (la piel de su estómago, altavoces en lugar de lengua: detalles, no más), y por el corazón, que él no sabía cómo poner en movimiento. Sin corazón, esto no tenía sentido. No quería un amigo que- ... que... que no le podía entender. Que le quería escuchar, y reírse junto con él, y acompañarle hasta el fin. ¿Por qué era esto tan difícil?
El inventor y la invención
El inventor, como resultó, era un personaje muy práctico. Siempre prefería hacer algo útil sobre algo bonito, por eso su fascinación por la máquina parecía tan extraña.
Su piel negra tenía el brillo ligero de sudor y su pelo, normalmente tan corto, ya había empezado a crecer y rizarse en pequeñas bobinas apretadas. Sus manos estaban sucias de grasa de motor, que se usaba en plenitud en su taller. Miraba a las partes mecánicas con sus ojos extraños, que daban miedo a los niños y fascinaban a los adultos: uno azul y otro verde.
Por un extraño instinto su máquina no parecía a él en ningún aspecto, tal vez excepto por sus ojos, que tenían un matiz azulejo de mar en invierno, del cielo en días fríos. La piel artificial era blanca y clara, casi como la hoja del papel, sus manos (recientemente hechos) delicados. Su pelo era rubio, corto, pero no tan como el de su creador. Algo que le añadía un aspecto de humanidad eran entradas en el cabello, que le quitaban la imagen aburrida de la perfección.
Es difícil hablar de la personalidad cuando no se sabe a alguien, o si este alguien todavía no está vivo (como hijos e hijas - o "hijes", como decía la gente que prefería no dividirlos en género tan pronto, antes de su nacer), especialmente cuando este exacto alguien pasaba todos sus días en pie con sus tripas mecánicas alrededor de la habitación. Pero a el inventor le gustaba pensar que sería al menos una buena persona.
El mismo - su nombre era Markus, como recordaban los que no le llamaban por su título - intentaba ser así. No siempre tenía tanta paciencia, aunque recordaba las lecciones que le daba su padre, un artista: la paciencia era todo. Y lo que hacía él era enfocarse en este "todo", cada día un poco más.
El tercero
La Máquina preferiría cuando estuvieran solos. El Inventor trabajaba silenciosamente, o cantando alguna canción junto con su viejo tocadiscos de vinilo: todos los discos había heredado de su abuelo, y no pensaba en comprar nuevos.
Hoy era diferente. El Inventor había vuelto del centro de la ciudad con un amigo. Hablaban entre sí sonrientes y felices, claramente encantados de pasar tiempo juntos.
Algo pasó dentro de la Máquina, como una parte desalojada. Pero esto no podía ser, solo algunas horas antes Markus trabajaba en él, murmurando palabras dulces de alabanza a su construcción tan perfecta (como si hubiera crecido de la manera de una planta en jardín; aunque era el mismo que la había acertado)...
—Pues, aquí lo tenemos. Mi gran amor. — Bromeó Markus, acercándose a la Máquina. Tocó su mano para elevarla y mostrar la fina capa de piel de animal que pretendía ser humana, cubriendo la maquinaría de los dedos. Otra parte parecía desalojarse en el vientre de metal.
—Te mostraré por qué estoy tan orgulloso.
Su otra mano encontró un interruptor al lado de su cuello y lo apresó. Una gran carga de energía pasó por el cuerpo mecánico y le dio la poder de levantar la cabeza.
Aquella cosa no pasaba a menudo, con el Inventor prefiriendo tenerla en estado pasivo, pero ya ha llegado el tiempo. Debería mostrar a otros su gran trabajo.
— Dínos cómo te llamas. — Markus le ordenó, haciendo un paso atrás para tener una vista más plena. — Cómo te llamas, máquina. — Repitió.
Era una trampa. El Inventor nunca mencionó ningún nombre para su creación.
— ¿Y para qué darle un nombre, ma***to? ¿No dijiste que sería tu sirviente? ¿Para traerte café a la cama y limpiar tu estudio? — El huésped empezó a reír, con toda la fuerza de sus pulmones.
— Bueno, no te preocupes. Que pasa o pasará en mi estudio, se queda aquí. Y la máquina también.
Otra parte se cayó, pensó la Máquina, su boca abierta pero sin palabras para salir.
— Me llamo… - empezó, pero se quedó sin ideas, y sin ninguna idea en su mente. Por primera vez en su vida.
— Déjalo, cosita. No tienes la capacidad.
Pero sí que la tengo, gritó en su mente, y sus manos se habían apretado en puños. Y puedo ser cualquiera cosa que quisieras que yo fuera.
La decepción del corazón
Si la máquina pudiera llorar, lo estaría haciendo ahora mismo. Pero no tenía la capacidad: no le habían instalado lagrimales. Su corazón también estaba en la mesa, intacto, seguro de todos manos curiosas. Y últimamente muchas pasaban por el taller, caballeros y damas, porque parecía que el Inventor había cambiado de idea: nomás intentaba crear un amigo para sí mismo, ni un compañero, ni una persona, como parecía. Ahora mismo solo era una colección de partes, que se podía exponer a cambio de dinero.
Y Markus también, estaba harto. Nunca tenía mucha paciencia. Solo mirar a la máquina le daba una sensación rara, una mixtura de odio y disgusto, tan a ella como a él mismo: no sabía por qué. ¿Por el tiempo que había gastado? ¿Por la falta del gran suceso que buscaba? ¿Por el corazón, esta cosa de diablo, que se quedó a la mesa y le estaba tentando, como si se riera en su cara?
Era una buena hora para emborracharse y quedarse sin una sola idea en su mente.
***
El inventor tomó el último sorbo y echó la botella de su mano con desdén. Miraba a la máquina, este ser sin nombre, ni género, ni personalidad ninguna: una cáscara tan vacía como la vajilla de alcohol. Cerró los ojos. No existían cosas en este mundo que querría ver en aquel momento.
Pero la Máquina se quedó allí, inmovil. Algo inexplicado estaba en sus ojos, detrás de ellos, escondido en el vidrio azul. Markus se sentía juzgado. Deprimido, cansado. Y estos ojos le estaban mirando. Mirando con algún tipo de tristeza - ¿qué? ¿Una máquina? Cómo se atreve, ¡¿a su creador?! Se levantó, y con una fuerza de odio enroscó las manos en puños...
Y todo eso, porque la Máquina no era capaz de cumplir con las expectativas. No había más de su culpa. Una sola lágrima se cayó de su mejilla.
Markus levantó el brazo, preparado a herir. Sus ojos brillaban con enojo inimaginable, la furia indescriptible. El mundo nunca le podía quitar lo que él debería recibir. No era justo…
… No era justo. Porque no era la única persona que vivía. Él tampoco podía quitar a otros lo que ellos merecían. Incluso los ¨otros¨ que hasta ahora él no había visto como personas.
Estaba demasiado orgulloso. Demasiado enfocado en lo propio.
Markus suspiró. Sus manos estaban temblando cuando acercó la Máquina para poner delicadamente yemas de los dedos en su cara.
— Gabriel, - susurró. — Te llamas Gabriel. Y lo del corazón, ya lo tienes.