17/05/2021
¿LIBRES E INDEPENDIENTES…?
Jorge Rubiani
En algún momento, los paraguayos fuimos independientes “… de todo poder extraño”. Aunque justo es reconocer que si José de San Martín o Simón Bolívar hubiesen fracasado en sus respectivas gestas para expulsar al poder español de Sudamérica, habría sido difícil que el Paraguay sostuviera su conquista. Pero fuimos libres. Por nuestros propios esfuerzos y sin la ayuda de libertadores extranjeros. Y pudimos integrar una Junta de Gobierno exclusivamente de paraguayos a partir del 23 de junio de 1811. El 12 de octubre de 1813, un nuevo Congreso resolvía el nacimiento de la primera República de Sudamérica, cuando el sueño por la libertad de las demás provincias recién empezaba. Para este objetivo, San Martín iniciaba el cruce de los Andes el 5 de enero de 1817 y a principios del ’19, Bolívar comenzaba la reconquista de Nueva Granada, para que cinco años más tarde, el 9 de diciembre de 1824, el poder hispano fuera finalmente expulsado de tierras americanas tras la batalla de Ayacucho.
Así fue. Aunque habría recordar que aislados en medio del continente desde 1548, la provincia del Paraguay había dejado de representar algún valor estratégico -económico o militar- para la corona; y como golpe de gracia, desde 1617 fuimos condenados a la mediterraneidad para constituirnos en la única provincia española de ultramar sin costas de mar. Desde entonces, los paraguayos asumimos la distinción de tales y el valor de la autonomía porque tuvimos que valernos por nosotros mismos. Apelando a conocimientos ancestrales saberes para enfrentar la supervivencia, junto al uso de materias primas y recursos de la región.
Junto a Chile, somos los únicos países de Sudamérica que conservan los nombres que designaban sus respectivos territorios desde mucho antes del arribo de los europeos. Y somos los únicos que usamos cotidianamente la lengua de nuestros padres indígenas: el Guaraní, que los extranjeros tuvieron que aprender para comunicarse con nosotros.
Pero constituida la Provincia del Paraguay y siendo Asunción “la capital originaria y secular” (definición del argentino Ramón J. Cárcano) de toda la región, fue castigada con imposiciones arancelarias, asfixias económicas y bloqueos casi permanentes por pueblos que había fundado, defendido y ayudado a crecer.
Frugales por la necesidad y el aislamiento, también economizamos vidas para ser libres frente a las enormes pérdidas humanas verificadas en las guerras por la emancipación de otras regiones. Pues durante los más de 10 años de lucha por la libertad en México, habrían mu**to más de 610.000 personas. En el mismo período de tiempo, en Venezuela se registraron 262.000 muertes (datos proporcionados por John Lynch, historiador británico). En varios tramos de los sangrientos enfrentamientos, realistas y revolucionarios se declararon “guerra a muerte”. La determinación significaba que tras los combates, no se tomaban prisioneros. El que no caía en la lucha y no llegaba a salir a tiempo del campo de batalla, era fusilado o degollado. Y nada quedaba exento del pillaje de las tropas vencedoras.
Las “provincias unidas” del Río de la Plata estuvieron desunidas hasta prácticamente las vísperas de la Guerra de la Triple Alianza. Y la unión fue posible mediante la intervención paraguaya. Desde 1810 hasta 1859, el antiguo virreinato fue ensangrentado por una lucha constante entre cada “ista” agregado al apellido de algún caudillo, contra cualquier otro que se le opusiera. Interminables enfrentamientos que involucraron a nativos, gauchos, montoneros o mazorqueros, además de unitarios y federales, con una secuela de muertes nunca dimensionada hasta hoy pero que fue de millares de mu**tos. Y la generalizada anarquía que cada bando aprovechó como quiso.
Frente a estos hechos y estos números, y aun si se aceptaran como ciertos los datos que estigmatizan “el terror francista” como el “despotismo de los López”, las víctimas del Paraguay fueron sideralmente insignificantes, comparadas a las pérdidas mencionadas, en las mismas épocas. Cecilio Báez calificaría gráficamente a aquellas, como “cartón y pan pintado”.
Ningún gobierno paraguayo a partir de la independencia -ni los de la Provincia antes- traspusieron las fronteras para guerrear con nadie; pero tuvimos que defendernos hasta prácticamente ayer y en infinidad de ocasiones en toda la historia, de los que pretendían despojarnos de lo que tuviéramos.
Aún así y pacíficamente libres, fuimos solidarios con la causa americana: “…mas de 4000 paraguayos (...) perecieron en las luchas por la independencia", según Memorandum enviado por el presidente Carlos Antonio López el 15 de Septiembre de 1845, al encargado de negocios de los Estados Unidos de América en Buenos Aires, William Harris. Y el “viejo López” que en 1811 contaba con 19 años, sabía de lo que hablaba.
En el mismo documento, afirmaba también que "....en los campos de Ayacucho se encontraban hijos de todos los Estados Sudamericanos”, junto a paraguayos como el coronel José Félix Bogado, los capitanes Patricio Oviedo y Patricio Maciel y el teniente Vicente Suárez, estuvieron los miles de compatriotas "...que servían en las estancias, saladeros, buques y otros establecimientos industriales de Buenos Aires y Montevideo". Además de Mateo Acosta quien, junto a Bogado, fueron los paraguayos solicitados por San Martín para el intercambio de prisioneros con los españoles, tras la batalla de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813.
Abonando esta afirmación, el historiador Julio César Chávez aseguraba que entre todas las provincias que componían el antiguo virreinato del Plata, "...ninguna ha dado un contingente mas crecido de sus hijos que la del Paraguay". Y centenares de ellos “… murieron ignorados, treparon los Andes, esgrimieron sus espadas en Chacabuco, Maipú y Talcahuano; salvaron el Pacífico, participaron en la gloria de Pichincha, Riobamba, Junín y de los desastres de Torata y Moquegua". Además de otros que como Xara (Jara) y Leguizamón, "...tiñeron con su sangre las aguas del Plata, en los combates navales de 1826 y 1827", para el desalojo de la armada imperial brasileña de la Banda oriental. Tal fue así que en 1826, retornaban a la Estación del Retiro de Buenos Aires los 78 veteranos que junto al coronel Bogado, acompañaron toda la campaña de los Andes. Entre ellos y los siete que habían sido parte del regimiento original, se encontraba el trompa Miguel Chepoja, indígena guaraní "de la reducción de Santa Maria la Mayor, en Misiones".
Sin casas de altos estudios y sin demasiados contactos con el mundo exterior, nuestros primeros gobernantes practicaron valores que se constituyeron en doctrinas internacionales ya en el siglo XX: la no intervención en asuntos internos de otros países y el ejercicio de una impecable neutralidad para el mismo propósito.
Nada fue fácil para el Paraguay … pero los paraguayos fuimos tenaz y dignamente LIBRES. Hasta que aquel país murió en las selvas de Cerro Kora el 1o. de Marzo de 1870. Y ni siquiera el formidable “A pasado de glorias presente de ignominia” lanzado por Blas Garay el 20 de junio de 1899, pudo despertarlo.
En la actualidad y prestos a recordar la independencia Patria (¿la recordamos?), ya sin las múltiples tribulaciones de antes, a los paraguayos nos agobian las carencias de lo que en tiempos muy lejanos, tuvimos en exceso: DIGNIDAD Y PATRIOTISMO. Y liberarnos de nuestros males del presente parece una tarea más difícil que destronar una monarquía, o resistir la hostilidad de nuestros vecinos.
Podríamos excusar nuestra incompetencia con la remanida apelación a la falta de educación. Pero lo que aprendan nuestros niños y jóvenes en las escuelas -aunque fuera con los mejores equipamientos y maestros- no nos va a redimir de la ignorancia más nociva, que es la de frivolizar nuestra propia historia. De prescindir de la distinción que nos otorga la identidad; de hacer tabla rasa de nuestro sentido de pertenencia que nos permitiría una mirada más amable hacia tapicha, el compatriota; de proveernos de un sentido de responsabilidad hacia el legado de su sangre y sacrificio que llevamos sobre los hombros.
Porque el mes de Mayo no es solo para lucir una escarapela o embanderar las casas, de acuerdo a las formalidades acostumbradas. Debería recordarnos también, que el SER PARAGUAYO era un timbre de honor. Y que debería serlo igualmente hoy a partir del reconocimiento de lo que fuimos, sin que reclamemos un certificado de buena conducta a los que se comportaron con gloria y honor. Porque ellos fueron, finalmente, mucho mejores a los líderes que tenemos en el presente.
Y además, deberíamos saber donde están sus restos. Porque los próceres de la independencia ni el Mariscal, así como otros héroes del pasado no están donde debieran: en el Panteón Nacional de los Héroes … y tampoco se sabe donde se encuentran.
Y el hecho -aparte del agravio que representa- constituye una de las razones por la que tenemos una ciudadanía y respectivos gobernantes, tan indolentes frente a la responsabilidad de honrar el pasado común ...
¿… Hasta cuándo?