05/04/2025
LA TRÁGICA Y MACABRA HISTORIA DE MI ABUELA
Cuando cumplí 18 años, mis padres me organizaron una pequeña fiesta con familiares y amigos. Fue una de esas reuniones típicas, con risas, comida, y muchos niños correteando por ahí. Más tarde, cuando ya solo quedábamos los adultos y los pequeños estaban dormidos, alguien —una prima— propuso jugar a contar chistes o historias de terror.
Al principio lo tomamos a broma, pero una tía rompió el hielo con una anécdota: decía que una lámpara de su casa se encendía sola, siempre a la medianoche. Nada muy aterrador, pero nos mantuvo atentos.
Después, inesperadamente, mi abuela pidió la palabra. Estaba en su silla de ruedas, como siempre, y aunque tenía fama de tener mal genio, su voz en ese momento fue suave, casi melancólica. Parecía que estaba conteniendo el llanto.
—Cuando vivía en Cuernavaca —empezó—, tu bisabuelo tenía unas tierras en uno de los cerros. Con sus propias manos construyó una casa, y yo me dedicaba a sembrar y cuidar animales: unas gallinas, un cerdito… —Hizo una pausa, bajó la cabeza, y negó suavemente con ella—. Mi madre quería detenerla, pero ella la apartó con firmeza—. Déjame, estoy bien —dijo.
—Mi primera hija se llamó Lucía, como mi tatarabuela. Nació en la casa, con la ayuda de tu abuelo y de una vecina que era sorda. Fueron días difíciles… yo sola en casa, y tu abuelo trabajando todo el día. Siempre mantenía a la niña a mi lado, incluso en la cocina.
Suspiró. Lágrimas comenzaron a brotarle.
—Un día, estaba en la terraza sembrando en la pequeña huerta. Dejé a Lucía en la cama. De repente, escuché su llanto desesperado. Corrí… y la vi. Una anciana desnuda la había tomado y huía corriendo… ¡en cuatro patas! Se internó en el bosque y no pude alcanzarla.
Todos quedamos paralizados. Mi garganta se cerró. Mi abuela siguió:
—Tu abuelo buscó ayuda. Primos, vecinos… todos salieron a buscarla. Pasaron dos días sin rastro. Entonces, una vecina vino a decirme que había encontrado un bebé mu**to en un arroyo, y que lo había llevado a su casa. Nos pidió que fuéramos a ver si era nuestra hija.
—Subimos una colina. Nunca olvidaré ese momento… tu abuelo, que siempre fue fuerte como un roble, empezó a llorar. Lloramos juntos bajo la oscuridad, rodeados por el canto de los grillos.
—Cuando llegamos a la casa de la vecina, todo estaba en silencio. Sobre una mesa, cubierta con una manta, estaba la bebé. Era ella. Lucía. Pálida, fría. Me desmayé. Tu abuelo lloró como nunca, así me contó la vecina después.
Hizo una pausa larga. Nadie se atrevía a hablar.
—Dos días después —dijo al fin— tu abuelo regresó a la casa ensangrentado. Traía un hacha en la mano. Estaba en shock. Solo repetía: "La maté. Lo hice por Lucía".
—Nunca supe si realmente fue justicia. Solo tomé mis cosas y me vine a Ciudad de México. Vendí las tierras… y comencé de nuevo.
En ese momento, todos nos levantamos y la abrazamos. Y por primera vez en muchos años, mi abuela pudo desahogarse.